Esta concepción de la verdad, este deseo de formar la sociedad cristiana á la imagen del imperio romano explica las faltas, las miserias, la impotencia de la Edad Media. Convencida de que poseía la verdad absoluta, y de que esta verdad era una ley que los malvados solos podían desconocer y violar, la Iglesia sometió estrechamente el pensamiento humano. Se apoderó de la ciencia no menos que del dogma; quiso hacer reinar en las almas una fe inmóvil y encerrar la razón humana en límites que jamás debía salvar.
Así es como la Biblia y Aristóteles llegaron á ser la ley suprema de los espíritus. Todo estaba fijado, y fijado para siempre: el dogma y la ciencia. Se podía explicar todo, pero no se podía cambiar nada. He aquí por qué la teología y toda la filosofía de la Edad Media se reduce al silogismo.
La verdad dada por la Biblia ó por Aristóteles es una mayor infalible: no había más que hacer que sacar la consecuencia. Sin duda no era esta la libertad que prometía el Evangelio. El Doctor, ó para dejarle su título, el ángel de esta escuela, era Santo Tomás.
Del siglo XII al XV, los legistas de Bolonia hicieron reaparecer, con el derecho romano, la teoría imperial; pero no ya por cuenta del papado. Santo Tomás da todo al vicario de Jesucristo, en virtud de la supremacía espiritual; Dante, el filósofo de la otra escuela, en su famoso tratado De la monarquía, lo da todo al emperador, en virtud de la superioridad temporal. Un Dios, una ley, un emperador, tal es su doctrina.
En el fondo es la doctrina de Santo Tomás, pero convertida en favor de otro señor.
La diferencia está en las palabras más que en las cosas, porque la humanidad es siempre la condenada á obedecer ciegamente y á no salir de los baluartes que se levantan alrededor del pensamiento. La lucha entre el papa y el emperador es la querella de dos ambiciones que se disputan el mundo; pero en ella nada gana la libertad.
Las grandes monarquías triunfan, restableciendo la unidad nacional, que era un bien, pero fortificando el despotismo administrativo, que es un mal. El filósofo de esta escuela es Maquiavelo; su última palabra es el Príncipe. Hasta entonces se había subordinado la política á la religión; Maquiavelo la independizó de la religión y de la moral, y la redujo toda á la habilidad.
La reforma despierta el espíritu germánico y el espíritu cristiano, emancipando la conciencia y quebrando el viejo yugo de los Césares. Para quien no reflexiona parece que no hay allí más que cuestiones teológicas; pero si el hombre tiene el derecho de buscar libremente la verdad, también lo tiene de difundir y comunicar esta verdad; tiene el derecho de reunirse con los que piensan como él, de ayudarlos, de socorrerlos.
Iglesia libre, educación libre, libre asociación, derecho de hablar, de escribir, tales son las consecuencias de esa libertad de la conciencia que reclaman los reformadores. Sin saberlo y sin quererlo, traían ellos consigo una revolución.
Pronto se comprendió eso, y la Inglaterra sobre todo hizo la experiencia. Las doctrinas del derecho divino, de la legitimidad, de la omnipotencia de los reyes cayeron con el viejo edificio católico. El derecho natural, esto es, el derecho de cada individuo para vivir y desenvolver sus facultades, llegó á ser el fundamento del derecho político. En teoría el orden social fué trastornado; hasta entonces todo partía del papa ó del rey, la libertad era una concesión graciosa del soberano; después de la reforma, y sobre todo después de la revolución de 1688 todo partió del individuo. El gobierno no fué más que una garantía de las libertades particulares, el príncipe no fué más que un mandatario que se podía revocar por causa de incapacidad ó de infidelidad.