Locke era el político de esta nueva escuela y su tratado del Gobierno civil ha sido el manual de la libertad moderna.
Mientras que la Inglaterra, invadida por la nueva idea, se estremecía en medio de las revoluciones, mientras que la Holanda se engrandecía en medio de las tempestades, y abría á los perseguidos sus ciudades hospitalarias, la España estrechaba su unidad y fortificaba la Inquisición; y la Francia se entregaba entera en manos de Luis XIV. Desde entonces se ha renovado el mundo, pues lo que hace la grandeza y la riqueza de las sociedades modernas no es el territorio, ni el clima, ni la antigüedad, ni la raza; es la libertad. España, último baluarte de la uniformidad, ha caído, á pesar de su bravura y de su caballería; mientras que Inglaterra ha tomado el primer rango.
Ved á la América, esa hija de la Inglaterra, ó, por mejor decir, la Inglaterra misma emigrada al Nuevo Mundo, pero dejando en la vieja patria la iglesia establecida, la nobleza, los privilegios y los abusos. Es una democracia pura, pero democracia cristiana.
Nos parece débil, porque no tiene las instituciones romanas, aquella centralización administrativa que en Europa entra en la idea del Estado; pero es fuerte por lo que le falta á la Europa, por la libertad municipal y la de la Iglesia, por la educación popular, por la asociación, por el conjunto de todas las libertades individuales. El Estado es pequeño, pero el individuo es grande.
Tal es el triunfo de la libertad moderna. Recorriendo el camino que hemos hecho es fácil ver que esta libertad es el reverso de las ideas de Aristóteles. Es la soberanía del individuo, opuesta á la antigua soberanía del Estado.
Benjamín Constant había notado esta diferencia de las dos libertades, hace cuarenta años, pero sus ideas, tan sencillas y verdaderas como prácticas, no han entrado en el espíritu de las instituciones francesas. Falta mucho para eso, y desde 1789, se puede decir que la Francia ha trabajado en sentido contrario, vacilando entre la libertad moderna y la antigua soberanía. Los empelucados políticos de la antigüedad no han podido ver jamás que en las sociedades modernas, en que el pueblo vive de la industria y no se reúne á cada instante en la plaza pública, la soberanía á la griega no es sino una trampa y un peligro.
En 1789 la escuela americana preponderó; pero los derechos individuales sólo alcanzaron á ser proclamados; con la Legislatura y la Convención la idea de la soberanía antigua triunfó por los sofismas de Rousseau y de Mably, y con ella las pretensiones de Robespierre sobre la unidad y las ideas de los discípulos de Mably, que declaraban que la libertad individual era un flagelo, que la propiedad era un mal y que la autoridad legislativa es ilimitada y se extiende á todo. Con la Constitución del año III se vuelve á las ideas modernas; pero el ensayo cae bajo los recuerdos sangrientos, bajo las pasiones y los odios sublevados y por la necesidad que la Francia tenía de reposo y olvido.
El Consulado dió ese reposo y agregó la gloria, pero á mucha costa, haciéndolo pagar con la libertad. En todas las historias se procura exaltar el genio organizador del primer cónsul; se hace de Napoleón un Licurgo, imaginando instituciones nuevas para un pueblo que las revoluciones habían reducido á polvo; esto es ir demasiado lejos. Se puede alabar la enérgica voluntad, pero no las ideas políticas de Bonaparte, porque todas esas ideas se reducen á una sola: hacer entrar á la Francia en el surco de la antigua monarquía.
El primer cónsul respetó todo lo que la revolución había hecho en favor de la igualdad, por la sencilla razón de que la igualdad agradaba á la Francia y no perjudicaba en nada, sino que servía á la omnipotencia del jefe del Estado. Pero la administración religiosa, política, rentística, judiciaria fué una imitación de la de la antigua monarquía; se volvieron á tomar las instituciones, las ideas y los hombres: aquello fué una verdadera restauración. Para el mayor número será digna de admiración aquella mano poderosa que contiene al país entero y lo hace retroceder; pero los demás se preguntarán si un político que tenía diez años delante de sí y un pueblo dócil y confiado, no tenía también un campo de experiencias suficiente para hacer la educación de la libertad y transformar una revolución en una reforma, es decir, para cambiar una maldición en un beneficio.
Con la Carta, en que reaparecen los principios de 1789, se empeña de nuevo la lucha entre las tradiciones del pasado y la libertad moderna, entre el individuo que quiere gobernarse por sí mismo y la administración que quiere confiscarlo todo, dirigirlo todo.