Desde cincuenta años dura esta guerra con diversas fortunas.
El comercio y la industria han difundido poco á poco el gusto de la acción individual; pero por otra parte la administración también ha extendido poco á poco su red. Si se mide el terreno que la centralización ha conquistado, se verá que le queda muy poco que hacer para restablecer el Estado antiguo bajo una forma más nueva. La administración concentra en sí toda la soberanía, toda la vida política; ella sola es la nación.
Los franceses, por otra parte, no comprenden la libertad, la confunden con la igualdad, que han respetado y fortificado en todas sus revoluciones. Muy pocos comprenden, como Tocqueville, que la igualdad, que es un hecho social, no tiene en política sino un papel secundario; todos los gobiernos pueden acogerla, porque ella se acomoda á todo régimen.
Hoy existe la igualdad en Turquía, en Egipto, en China, tanto como en Estados Unidos, en Méjico, en Francia y en Suiza. La igualdad reinaba en Roma cuando los comicios enviaban á África al joven Scipion; reinaba en Italia cuando los tribunos abdicaban en manos de César.
Lejos de temerla los sucesores de Augusto, la difundieron en el mundo entero, y sobre ella sólo apoyaron su despotismo. La igualdad, es pues, una arma de dos filos que puede servir á la libertad y también destruirla. Poco importa que se den derechos políticos á todos los ciudadanos; la igualdad no cambia por eso de naturaleza. Ved la República del Contrato social, el ideal de Robespierre y sus amigos: es un gobierno fundado sobre la igualdad absoluta, sobre la soberanía del número. Al pueblo entero se ha entregado el cuidado de su propia libertad.
En apariencias este es un sistema irreprochable; no se creía, por cierto, Rousseau el defensor de la tiranía. Veamos, sin embargo, adónde le conduce la lógica una vez que ha hecho de la igualdad, es decir, del número, el único fundamento de la sociedad. Él se apodera de la educación, confisca el alma del ciudadano, prohibe á los fieles tener una religión que no sea la de la mayoría; en dos palabras: no teniendo allí parte la libertad, funda sobre la igualdad el más abominable de los despotismos: el despotismo de una muchedumbre sin responsabilidad.
M. Laboulaye pudo agregar que, á pesar de lo muy caro que la Francia ha pagado semejante error, hoy mismo no comprende que carece de la libertad y apoya el despotismo que pesa sobre ella, porque le deja la igualdad, aunque le usurpa todos sus derechos.
Este es un hecho de gran significación en el estado actual de los dos mundos, y precisamente para manifestarlo hemos sido prolijos en la exposición de los estudios que M. Laboulaye hace de la historia para probar que el Estado, ó la soberanía, tiene sus límites naturales, en que acaba su poder y su derecho.
Las observaciones irrecusables de este político americanista nos enseñan que el gran error de la Europa, con excepciones raras é insignificantes, consiste en haber restablecido las ideas paganas sobre la soberanía en la organización del Estado. Á este error se debe que allí se desconozca absolutamente la libertad, y que, de consiguiente, los derechos individuales hayan desaparecido bajo la omnipotencia de las monarquías, que hacen consistir su fuerza en la unidad y universalidad de su poder.
La Europa y la América son, pues, en política dos polos opuestos, los dos centros de dos sistemas contrarios: en uno triunfa la soberanía del individuo, esto es, los derechos individuales; en otro la antigua soberanía del Estado, esto es, la unidad que absorbe al individuo y aniquila sus derechos. ¿Es incompatible con el primer sistema el poder del Estado?