La existencia de Estados separados, sin otra relación que la de la guerra, es un hecho histórico, y no un hecho necesario, que ha recibido una modificación profunda por la introducción del derecho de gentes y del comercio, y por la extensión que éstos han tomado. Ese hecho debe desaparecer delante de un derecho político común y un derecho civil, que, como el derecho comercial actual, tienda á la uniformidad.
Desde que se considera el interés colectivo de todos los hombres, se comprende que si el Estado debe tener una organización particular, si es una individualidad, no es un hecho aparte destinado por su naturaleza á un aislamiento eterno. La unidad del Poder político y el establecimiento permanente de relaciones pacíficas sobre un territorio dado constituyen el Estado, aunque sean dos ó más las sociedades que se hayan reunido bajo el mismo Estado, y aunque aquéllas no tengan el mismo gobierno interior, la misma administración, como sucede en los Estados Unidos de América.
En la organización del Estado se presenta como la primera y más alta cuestión que puede ofrecerse en la política práctica la de si conviene que los dos poderes, espiritual y temporal, estén personificados, ó, como se dice, organizados.
El poder espiritual puede estar organizado en una autoridad que en cierto modo tenga un mandato general ó especial de todos los individuos para pensar y juzgar por ellos, para hacer en todo tiempo y circunstancias por ellos la separación del bien y del mal, para propagar las buenas ideas y combatir ó destruir, si se puede, las malas.
Si hubiese un conjunto de opiniones bastante completas, bastante ciertas y bastante claras, para no admitir ni duda, ni discusión razonable, ni progreso posible; si al mismo tiempo existiese un hombre que no pudiese engañarse, y señales y condiciones que nos permitieran descubrirle, se podría proponer la organización del poder espiritual y su personificación en aquel hombre, ó en varios, si se encontraran muchos que gozaran de tal privilegio.
Pero si la experiencia nos prueba demasiado que todo hombre es falible, que toda opinión formulada y comprendida por los hombres puede ser hoy ó mañana razonablemente discutida y contestada, que ninguna opinión abraza el dominio entero del pensamiento, que ninguna es bastante clara para no necesitar jamás la interpretación, no es ni justo ni conforme á la naturaleza de las cosas pretender establecer un poder coactivo del pensamiento.
Su existencia supondría que la naturaleza humana no es lo que es, que la humanidad vive puramente de instintos, dando vueltas sin cesar en un círculo de ideas explorado y cerrado, no aprendiendo, no perfeccionándose; desde que está de manifiesto que la humanidad, siempre ignorante, aprende y se perfecciona sin cesar, la utilidad del establecimiento de un poder coactivo del pensamiento no soporta el examen un solo instante.
El fin de la sociedad es llevar al máximum la intensidad de la vida de todos y de cada uno. ¡Qué triste modo de alcanzar este fin sería el de conferir á uno solo ó á algunos el mandato de pensar y de juzgar por los demás sobre cualquier materia, es decir, el de mutilar la vida del mayor número!
Esta mutilación de la vida existe desde que un individuo no se atreva á pensar sobre un hecho ó sobre un orden cualquiera de hechos, puesto que es evidente que la Providencia ha entregado el universo y todas sus partes al pensamiento y al juicio del hombre. De consiguiente es necesario reconocer que el único poder espiritual que se puede ejercer sobre el hombre es el de la persuasión, la cual nace del pensamiento y es tan libre como éste.
Querer dominar y regir el pensamiento de una sociedad por una autoridad constituida materialmente es intentar lo imposible, sin otro resultado que aumentar los obstáculos que se oponen naturalmente á los progresos de la Ciencia y al trabajo del espíritu; es querer privar al mundo de todas las ventajas de las invenciones é innovaciones, es borrar una gran parte de la vida.