El problema está, pues, resuelto, y quien lo resuelve actualmente á costa de su sangre y de sus lágrimas, en beneficio de la humanidad entera, es la calumniada América española, que prosigue con ciencia y con entusiasmo, con fe y con humildad, su martirio en esa vía sacra de la democracia, hasta llegar á la redención futura del mundo.
La situación es difícil y digna de las meditaciones de todos los hombres pensadores, es verdad; pero no se puede desesperar de ella, ni hay motivo serio para temer que sucumba en las ondas el joven robusto y fuerte que se esfuerza por nadar y se sumerge. Él reaparecerá y saldrá vigoroso á la ribera.
Esos pueblos que están colocados entre la democracia y el despotismo regeneran en la lucha sus costumbres insuficientes para la libertad, y aunque están minados y corrompidos por la tiranía de tres siglos, se educan y se reforman aun bajo el imperio del despotismo que surge de sus instituciones democráticas. Este es un hecho altamente curioso, que explica luminosamente el poder que la democracia tiene para formar las ideas y las costumbres que ella necesita.
No ha surgido en la América española despotismo alguno, por feroz que haya sido, que no haya buscado la razón de su existencia en un interés social, nunca en el interés de una dinastía ó de un principio falso, antisocial y anticristiano, como lo hacen los despotismos europeos. Ya esto es un progreso.
La razón es que los despotismos americanos se constituyen por el triunfo de un partido político que se apodera de la autoridad, no para reaccionar, salvas algunas excepciones contra la igualdad, contra la libertad, contra las instituciones republicanas, porque entonces no habría partido alguno que se sostuviera en el Poder, sino para excluir al partido adverso de la dirección de los negocios públicos y para beneficiarse á costa de los vencidos. El déspota elevado en hombros del partido triunfante ensaya su arbitrariedad contra los derechos de los vencidos, pero se cuida bien de atentar á los derechos de sus amigos. Suspende todas las garantías contra sus adversarios, dispone de la fuerza y de los tesoros, corrompe y desmoraliza, estimulando los maléficos intereses egoístas; pero siempre á nombre de una idea grande que hace que la sociedad se someta á la situación extraordinaria: pero no que reniegue de la democracia ni de los derechos conquistados.
Las instituciones democráticas son bastardeadas y quedan como en suspenso; pero la sociedad no piensa en abjurarlas ni reniega de ellas. Así es que tan luego como el despotismo es vencido ó se modifica por las circunstancias, aquellas instituciones renacen con un poder más atractivo, la sociedad respira y vuelve á ellas con fe y entusiasmo, aprovechando indudablemente las crudas lecciones de su dolorosa experiencia. El triunfo del despotismo no ha hecho otra cosa con sus arbitrariedades que exaltar el espíritu de justicia, enseñar que es funesta la costumbre de ser indulgentes con los groseros apetitos de la fuerza brutal y con los abusos del poder, ilustrar al pueblo sobre las verdaderas relaciones que deben existir entre el mandatario y los mandantes, hacerle sentir la necesidad de la responsabilidad de los funcionarios públicos, y persuadirlo prácticamente de que es necesario tolerar y no impacientarse contra los defectos de la organización que se ensaya, de que es necesario tener buena fe é interesarse por los negocios públicos, á fin de que no vuelva á predominar la tiranía.
Siendo esos los resultados prácticos del despotismo que nace de las instituciones democráticas en un pueblo que no las comprende bien y que no tiene costumbres para soportarlas, no hay alucinación en creer que hasta ese mismo despotismo contribuye, sin saberlo y aun sin pretenderlo, á formar esas costumbres y á dar más atractivo, más interés á aquellas instituciones. Si se quiere ver la verdad de esos resultados, estúdiese la historia de los despotismos y de la reacción que han aparecido: en Chile bajo la administración de Portales, en la República Argentina bajo la dominación de Rosas, en el Perú después de 1839, en Venezuela después de la de los Monagas, y se verá cómo es cierto que aquellos pueblos, colocados entre la democracia y la tiranía, no han sucumbido en la lucha y han salido de ellas con altas lecciones que los han hecho avanzar en su regeneración. ¡Admirable y santo poder de las instituciones de la democracia!
M. Courcelle-Seneuil lo reconoce, y aunque niega la bondad de esas instituciones en los pueblos que no las comprenden y que no están preparados para soportarlas, cree, sin embargo, que ellas son el ideal á que todos los pueblos de la tierra deben acercarse lo más posible, y halla en ellas la única solución del problema de la limitación del poder del Estado y del restablecimiento de los derechos individuales que los demás políticos europeos buscan en teorías más ó menos lisonjeras, pero fútiles y absurdas.
XIII
¿Qué nos prueba esta prolija reseña que acabamos de hacer de las teorías y sistemas de los primeros publicistas europeos, para conocer la situación actual de la ciencia política en Europa, en cuanto al Estado y á los derechos individuales, cuyo conjunto forma lo que llamamos libertad? ¿No está en ella de manifiesto y bien calculada la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo? ¿No aparece comprobado hasta la evidencia que no pueden comprender la democracia americana mejor que lo mal que la comprenden los ingleses las demás naciones del Continente europeo, cuyo dogma político es la unidad de la monarquía latina, la universalidad del poder absoluto y dominador de la conciencia, del pensamiento, de la voluntad, el cual aniquila al individuo para engrandecer el principio de autoridad que se apoya en la fuerza?