M. Courcelle-Seneuil concluye su teoría de organización democrática enunciando un gran problema que no resuelve, y que, sin duda, le ha sugerido la contemplación de la América española, en la cual ha residido por algunos años.
“No hay una situación más difícil—exclama—y más digna de todas las meditaciones de los pensadores que la de los pueblos colocados entre la democracia y el despotismo, aspirando de corazón y por convicción á la primera y recayendo por costumbre bajo el yugo del segundo; pueblos cuyas costumbres son todavía insuficientes para la libertad, y que están minados y corrompidos por la tiranía. Esta situación, común á tantos pueblos en el siglo en que vivimos, es dolorosa como la agonía de un joven robusto y fuerte, que se esfuerza en nadar y que se sumerge, que siente que se ahoga y que quiere vivir”.
Sin duda es esa la situación de muchos pueblos americanos, de esos que el filósofo francés, como todos los publicistas europeos más ó menos amantes del gobierno representativo, creen que no están maduros para la democracia, porque les quedan muchos progresos que hacer.
“Es evidente—dice el autor, hablando de su teoría constitucional democrática—, que tal Constitución no es practicable ni en todas partes, ni en todo tiempo. No podría ser introducida, por ejemplo, y durar en un pueblo privado de espíritu de justicia, cuyas costumbres, demasiado indulgentes para los apetitos groseros y la fuerza brutal, excusarían de antemano todo abuso de poder, y desconocerían las relaciones respectivas del mandatario y los mandantes; donde se hiciera confusión de los intereses de éstos y los de aquél; donde cada cual se arrogase el derecho de sindicar los actos, los escritos, las palabras y hasta los pensamientos de su prójimo, sin reconocer él mismo ninguna censura; donde no hubiera ni buena fe, ni sentimiento de interés público, ni espíritu de asociación”.
Pero si un pueblo, por semejantes vicios, no es digno de la democracia, tampoco es digno de forma alguna de gobierno; porque cualquiera que ésta fuese, fracasaría en su empresa de gobernar bien lo ingobernable. Si cuando los ciudadanos desconfían habitualmente los unos de los otros y se tienen recíproca aversión, “es en vano que en un momento de entusiasmo se establezcan las instituciones democráticas, porque de ellas saldrá siempre el despotismo”, no sabemos por qué razón no habría de convertirse también en despotismo cualquiera otra forma gubernativa, sea aristocrática, sea monárquica. ¿Será preciso consentir en que el gobierno despótico es el preferible en una situación como la que se supone, la cual en gran parte es la de varias repúblicas americanas?
De ninguna manera. El mismo escritor reconoce que á pesar de lo dicho “el despotismo no sería mejor y no debería ser jamás considerado como permanente por los hombres que se cuidaran del porvenir; porque allí donde reina el despotismo, el pensamiento soporta un peso que afloja, desarregla y paraliza poco á poco sus movimientos en toda dirección; la actividad de cada uno y de todos se disminuye, no solamente en cuanto á los servicios políticos, sino también en todas sus demás aplicaciones. El hombre es uno: desde que su actividad está comprimida en una de sus esferas, la vida se relaja y se extingue más ó menos lentamente; parece en los primeros tiempos que la actividad, extraviada de su curso natural, se dirige á otros ramos y les da una vida nueva; mas esa vida excesiva y mórbida no tarda en agotarse casi, como un canal cuya fuente ha dejado de verter. Se consuela uno desde luego de la pérdida de responsabilidad y de dignidad política, pensando en que va á trabajar más útilmente para la riqueza y las bellas artes pero en poco tiempo el gusto se bastardea y se pierde, las artes languidecen y se abaten; la riqueza, después de haber arrojado cierto brillo, se va poco á poco y queda la penuria, después la pobreza, después la miseria. La sociedad sufre en todo sentido y la vida, bajo todos sus aspectos, se postra, desde que son prohibidas al alma las altas regiones del pensamiento y de la acción”.
La historia testifica á cada paso esos resultados inevitables del gobierno despótico, que desarrollados al calor de los vicios de un pueblo, tal como esos que se consideran indignos del gobierno democrático, serían todavía más tremendos y acabarían por reducirlo á una horda de esclavos impotentes y corrompidos. Si es en vano que en un momento de entusiasmo se establezcan las instituciones democráticas en semejantes pueblos, porque de ellas saldrá siempre el despotismo, ¿será preciso confesar que hay pueblos destinados á perecer, porque ni el despotismo mismo puede hacer otra cosa que envilecerlos más y apresurar su muerte?
También huye el autor de tan horroroso extremo. Pensando justamente en que sólo la democracia puede dar fuerza á las naciones, porque sólo ella desarrolla de un modo conveniente y permanente la población y la riqueza, reconoce también que por lejos que un pueblo se encuentre de la verdadera democracia, debe procurar acercarse á ella lo más pronto, so pena de perecer; por que es sabido que la sociedad cuyos arreglos son defectuosos, no tarda en caer á la discreción de aquella cuyos arreglos son mejores.
“Si, como lo dicen á cada instante la pereza y el estrecho egoísmo de los maléficos intereses privados, hubiera naciones naturalmente incapaces de la democracia, cuyos ciudadanos fuesen de tal manera indisciplinables que no pudiesen vivir en ellas un instante sin la vigilancia de un gendarme; de tal modo inhábiles á la acción colectiva que no pudiesen estar sin tutores; tales naciones estarían destinadas á una decadencia incurable y á un fin próximo; la humanidad, por otra parte, no tendría motivo alguno de afligirse de su pérdida. Pero no hay absolutamente pueblo alguno en el cual á la larga y bajo las duras lecciones de la experiencia, el sentido común no pueda triunfar; pueblo alguno, que, según la expresión de la Escritura, no sea curable”.
Luego es preciso convenir en que tampoco hay sociedad que por poco madura que esté, no sea digna de las instituciones democráticas; tanto más cuanto que es incuestionable que la práctica del gobierno democrático mismo es la única que puede disciplinar á los pueblos y darles los hábitos y las virtudes, las ideas y los sentimientos que las instituciones democráticas necesitan para producir todos los buenos efectos que la humanidad tiene derecho de esperar de ellas.