Estudiadas y conocidas las ideas que han regido la vida de los pueblos hispano-americanos durante su infancia y bajo la tutela infecunda y aniquiladora de la España, las generaciones que han aceptado el legado de la independencia tienen el deber de regenerar aquellas ideas para adaptarlas á la nueva situación, porque cada siglo es responsable de la manera como corrige y completa la experiencia y la educación de sus antepasados, pues los acontecimientos, los sucesos no son obra de la casualidad, sino puros efectos de las ideas dominantes; pues la humanidad es dueña de sus destinos y está en el deber de dirigirlos, para desarrollar sus fines naturales.
Tenemos que reconstruir la ciencia social[33] como la han reconstruido los anglo-americanos, aceptar ciegamente las tradiciones europeas, continuar los errores y las preocupaciones que nos legó la nación que se quedó más atrás de todas las naciones cristianas, desde que se convirtió en el último baluarte de la uniformidad, del despotismo y de las ideas paganas sobre la organización de la sociedad y el Estado; trasplantar á la América netamente y sin reflexión el criterio histórico, político y moral dominante en las sociedades europeas, ese criterio que podría llamarse oficial, porque no puede separarse de los principios de orden dominantes, y que cuando se eleva sobre las preocupaciones es rechazado ó condenado, ó, por lo menos, desdeñado como una utopía ó una herejía, es contrariar nuestra regeneración, retardarla, extraviándola de su curso natural.
Enseñemos la historia, la filosofía, la moral, el derecho, las ciencias políticas, no bajo las inspiraciones del dogma de la fuerza, del dogma de la monarquía latina, del imperium unum que rige la conciencia y la vida en Europa, sino bajo las del nuevo dogma de la democracia, que es el del porvenir, que es nuestro credo, que es el modo de ser que nos han impuesto el imperio de las circunstancias y las condiciones que produjeron y consumaron esa revolución de 1810, el acontecimiento más grande de los siglos, después del cristianismo.
No es esto renegar de los progresos de la ciencia europea, ni pretender borrarlos para comenzar de nuevo esa penosa y larga carrera que la inteligencia ha hecho en el Viejo Mundo para llegar á colocarse donde está. No, desde 1842 lo decíamos á la juventud de nuestra patria, y hemos repetido siempre que debemos y podemos aprovechar la experiencia de los siglos, que debemos utilizar la ciencia europea, apoderarnos de ella; que la Europa nos lo ofrece todo hecho, que sólo tenemos que aprender, pero para adaptar; que imitar, pero no ciegamente, sin olvidarnos de que somos antes que todo americanos, es decir, demócratas, y, por tanto, obligados á desarrollar nuestra vida y preparar nuestro porvenir como tales, y de ninguna manera destinados á continuar aquí la vida europea, que tiene condiciones diametralmente opuestas á las de la nuestra.
En historia, por ejemplo, la Europa honra á los héroes de la fuerza, á los azotes del derecho y de la libertad, y presenta como altos ejemplos y como de una benéfica transcendencia social los hechos que no han tenido otro resultado que contrariar y desnaturalizar el desarrollo de los fines de la humanidad.
Dejémosla santificar á César, embriagarse de admiración por Napoleón. “Decidme los nombres que honráis en el pasado—exclama Laboulaye—; yo os diré los vicios ó las virtudes que tenéis en el corazón”.
Nuestros héroes deben ser otros; los hechos de alto ejemplo y las lecciones de la historia para nosotros deben tener otro carácter. En filosofía, en moral, en derecho, en las ciencias políticas, la Europa deja en el campo de lo ideal, en la categoría de las utopías todas las altas concepciones de la verdad, y acepta como practicables y como necesarias únicamente las doctrinas que se adaptan al dogma oficial y á las preocupaciones en que apoya su dominación la falsa civilización de que vive el Estado absoluto y dominador de la vida social.
En la América española esas ciencias no deben ser falsificadas con los hechos y absurdos de que vive la Europa, deben enseñar la verdad que allá se desdeña por irrealizable; deben emanciparse de las conveniencias y dogmas oficiales, y sobre todo deben esforzarse en propagar el nuevo elemento de la vida americana; en enseñar y realizar en la práctica el gran principio que en la vida anglo-americana domina completamente y hace que la democracia sea allí una realidad, un modo de ser natural, á saber: que la Providencia ha dado á cada individuo, cualquiera que sea, el grado necesario de razón para que pueda dirigirse por sí mismo en las cosas que le interesan exclusivamente. Esta es la gran máxima—dice Tocqueville—sobre la cual reposan, en los Estados Unidos, la sociedad civil y política: el padre de familia la aplica á su hijo, el amo á sus sirvientes, la municipalidad á sus administrados, el Poder á las municipalidades, el Estado á las provincias, la Unión á los Estados.
Extendida esta máxima al conjunto de la nación, llega á ser el dogma de la soberanía del pueblo, y por eso esta soberanía deja de ser una doctrina aislada, desligada de los hábitos y del conjunto de las ideas dominantes, y, por el contrario, es preciso mirarla como el último anillo de una cadena de opiniones que envuelve al mundo anglo-americano todo entero.
Así, pues, cuando utilicemos en nuestro sentido americano la ciencia europea, serviremos bien á nuestra regeneración, y el triunfo de nuestra civilización democrática hará tan patente nuestro antagonismo con la Europa, como es en el día el que con ésta tiene la democracia anglo americana.