La Europa y la América son en política dos extremos opuestos, por más que la ciencia, la industria y los hombres europeos puedan aclimatarse en América y auxiliar nuestro progreso. Ese antagonismo, que tiene su base en las ideas que dominan la existencia y los intereses políticos de ambos Continentes, influye directa y primordialmente en las relaciones internacionales de ambos, porque la Europa no conoce el poder ni las condiciones de la vida americana. Si conociera eso, el antagonismo se revelaría menos y sería menos dañoso para nosotros, porque al fin es cierto que pueden coexistir provechosamente dos entidades contrarias en principios, cuando se conocen, se comprenden y se respetan.

¿Puede desaparecer esta situación normal y necesaria con la prontitud que exigen el interés de la humanidad y las generosas aspiraciones de muchas almas nobles de la Europa y de la América? ¿Puede modificarse siquiera por el interés comercial y los tratados que lo regularizan, ó por la adhesión de los gobiernos americanos á tales intereses y á las pretensiones de superioridad de los poderes europeos?

Es indudable que no, porque una situación tan profundamente arraigada no se cambia por transacciones pasajeras de política, sino por la acción lenta del tiempo. ¿Cuántos años serán necesarios para que los estudios que algunos europeos eminentes principian á hacer de las condiciones de la sociedad americana, se generalicen en los pueblos y alcancen á los gobiernos de la Europa?[37] ¿Cuánto necesitan trabajar los americanos mismos para alcanzar á darse á conocer de esos pueblos y de esos gobiernos, ante los cuales, por razón de analogía de intereses y de simpatía en ideas, tienen más acceso, más crédito y más consideración, los americanos que por ignorancia ó ceguedad, que por egoísmo ó por traición, sirven al propósito de hacer prevalecer en América el espíritu y la dominación de la Europa?

¿Y si aquellos esfuerzos generosos no han de modificar la situación, sino á mucha costa y en largo tiempo, se podrá esperar que ella varíe por el cambio de las ideas que dominan la existencia y los intereses políticos de los dos mundos? Para hacer que la revolución democrática de la América retrograde, se necesitarían dobles y más prósperos esfuerzos que los del imperio romano contra el cristianismo, y que los de las potencias católicas contra la Reforma. Esas revoluciones que se fundan en la rehabilitación y emancipación del hombre y de la sociedad, obedecen á una ley natural, que poder humano alguno puede contrarrestar.

Tal es la gran ley providencial del progreso de la humanidad, cuyo cumplimiento, ni la alianza de la Europa entera podría contrariar. Mas esta consideración no es bastante á impedir las empresas del interés monárquico contra la América, y sería una ilusión pueril atenerse á ella para confiar en la vana esperanza de que el antagonismo europeo se arredre en presencia de la imposibilidad de contener nuestro progreso democrático. El despotismo es ciego.

Las ideas que cambiarán, indudablemente, son las de la vida política europea, porque no son conformes á esa ley que rige los destinos del género humano. Su cambio y transformación se hacen lentamente, pero de un modo visible y claro; y no llegarán á ser tan completos, como es necesario que sean, para que desaparezca el antagonismo de ambos mundos, sino después de profundas revoluciones y de espantosos cataclismos políticos y sociales, producidos por el choque de los intereses bastardos y egoístas con los de la sociedad que hoy está sojuzgada.

Hay hechos que es necesario aceptar como se presentan, hay situaciones indeclinables, que no se pueden modificar por medio de expedientes evasivos, ni por intereses de circunstancias que aconsejen una política tan efímera como ellas. Los gobiernos americanos deben aceptar su posición como es, y servirla como exigen las condiciones de la vida y del progreso de sus sociedades, de su soberanía é independencia. Pretender lo contrario, adherir á las exigencias de la política europea en América, sería servir á intereses opuestos á los americanos que aquella política representa.

Tal es la razón de la necesidad que tienen los gobiernos americanos de fijar en un Congreso general, ó en tratados parciales, los principios que deben formar el código de sus relaciones mutuas, como una entidad caracterizada por circunstancias especiales, que la diversifican de cualquiera otra entidad política. Fijados esos principios, es consecuencia necesaria de su determinación señalar también la posición respectiva y los deberes que deben respetar cada uno de los miembros de esa entidad política americana, cuando uno de ellos sea víctima del antagonismo europeo, es decir, de los intereses opuestos que la entidad europea, sea en el conjunto de todas sus potencias, sea parcialmente, puede hacer valer contra los intereses americanos.

Prescindiendo de la profunda diferencia que existe entre las poblaciones americanas y europeas, diferencia que estudiaremos después, es indudable que las naciones hispano-americanas, por sus caracteres de familia, por sus antecedentes, por su porvenir y por sus instituciones, forman entre sí una entidad política verdadera, que, sin duda, tiene una fuerte conexión con la sociedad anglo-americana, por todos esos rasgos, aunque los caracteres de familia sean diferentes. Éste es un hecho reconocido y aceptado por todas las repúblicas americanas, y elevado á la categoría de un dogma político, desde que fué proclamada y autorizada como política legal de los Estados Unidos, la doctrina de Monroe, hace cuarenta años.

Tal hecho ha sido siempre proclamado de un modo oficial y ha servido de base á un sinnúmero de transacciones y de gestiones políticas. El gobierno de Chile, que lo ha hecho valer constantemente en la política continental, lo formulaba también, discutiendo con el representante español las cuestiones que se sucitaron después de la ocupación de las Chinchas por la España, á título de reivindicación: “Las repúblicas americanas—decía[38]—de origen español forman, en la gran comunidad de las naciones civilizadas, un grupo de Estados, unidos entre sí por vínculos estrechos y peculiares. Una misma lengua, una misma raza, formas de gobierno idénticas, creencias religiosas y costumbres uniformes, multiplicados intereses análogos, condiciones geográficas especiales, esfuerzos comunes para conquistarse una existencia nacional é independiente: tales son los principales rasgos que distinguen á la familia hispano-americana. Cada uno de los miembros de que se compone ve más ó menos vinculadas su próspera marcha, su seguridad é independencia á la suerte de los demás. Tal comunidad de destinos ha formado entre ellos una alianza natural, creándoles derechos y deberes recíprocos, que imprimen á sus mutuas relaciones un particular carácter. Los peligros exteriores que vengan á amenazar á algunos de ellos en su independencia ó seguridad no deben ser indiferentes á ninguno de los otros: todos han de tomar en semejantes complicaciones un interés nacido de la propia y la común conveniencia. Este interés será tanto más vivo cuanto una inmediata vecindad lo haga más legítimo y fundado. Las nociones expuestas son tan generalmente aceptadas en América, que han llegado á ser vulgares. Me creería, pues, dispensado de recordarlas, si no me obligara á ello la extrañeza que parece V. S. manifestar por las explicaciones pedidas en mis oficios anteriores sobre los sucesos de Chinchas. ‘Mi gobierno, dice V. S., ignora que el de Chile ejerza algún protectorado sobre el Perú, ni que con éste tenga algún tratado público ó privado de alianza ofensiva y defensiva’. No existe protectorado alguno, no existe ningún tratado de alianza ofensiva ni defensiva entre Chile y el Perú; pero existe un derecho perfecto é imprescriptible, el de la propia conservación, que permite á un Estado intervenir en los negocios de sus vecinos, que coliga á las naciones, como más de una vez ha sucedido en Europa, para mantener su equilibrio político, y que autoriza á la América, á Chile en particular, para velar por la integridad territorial y la soberanía del Perú”.