¡Espléndida manifestación de la alianza natural que existe de hecho entre las repúblicas americanas! Todos los pueblos, todos los gobiernos la sienten y reconocen, y jamás ha aparecido un peligro de ésos que tienen su origen y su causa en el antagonismo de los intereses europeos contra la América, sin que al mismo tiempo no haya estallado también el sentimiento de la comunidad é intimidad de los miembros que forman la entidad política americana.

Este hecho innegable traza con precisión el objeto y los límites de aquella evidente comunidad; de modo que es inútil y fútil desconocerla ú objetarla con el pretexto de que podría tener una falsa y dañosa aplicación la alianza que en ella se fundara, si una nación europea, en defensa de sus derechos ultrajados y autorizada por la ley internacional, moviera guerra contra una República americana que no satisficiera de otro modo las reclamaciones justas que se le hicieran.

Este caso está fuera de la alianza natural americana, y no se puede sacar de su posibilidad un argumento racional, ni contra la existencia de la entidad política de la América, ni para negar el antagonismo que la Europa tiene, por causas evidentes y por intereses indudables, contra aquella entidad.

Un solo gobierno americano se ha atrevido á singularizarse, renegando de aquella fraternidad y contestando la existencia de sus intereses. No hablamos del gobierno monárquico del Brasil, que á la verdad no se ha extendido á tanto, aunque ha aceptado con reserva la idea de un Congreso americano, pues ha respondido á las dos últimas invitaciones que se le han hecho que “el gobierno imperial adhiere al pensamiento, mas que era preciso establecer primero las bases y ver la opinión que las otras potencias tendrían, para realizarlo”.

Es natural: un gobierno como aquél, que se siente desligado de los intereses de las repúblicas americanas por sus instituciones, sus prácticas, sus hábitos, y aun por las calidades, antecedentes y condición actual de su población, debe conocer primero las bases de la unión á que se le provoca, porque ellas podrían ser contrarias á su constitución política y á su organización social.

Nada más propio, como lo es también que la prensa del partido político que allí se apellida liberal, ataque la doctrina de Monroe y la posibilidad de una alianza americana, con las objeciones que hemos enunciado en el párrafo anterior, y hasta negando, no sólo la solidaridad de los intereses americanos y su diferencia y antagonismo con los europeos, sino aún más, negando que existan las identidades de familia que aconsejan la adopción de una misma política.

“Hay inmensa variedad de lenguas—dice aquella prensa[39]—, de religiones, costumbres, tradiciones y hasta de conceptos entre las diversas razas que pueblan los diferentes países de la América, variedad de origen y variedad nacida de las circunstancias peculiares en que se hallaban en su nuevo país. Es preciso atender á esta variedad, tanto como á la posición de cada territorio, á la temperatura del país, á la fertilidad de su suelo, central ó marítimo, agrícola, industrial ó comercial; cuáles son sus derechos anteriores, sus pretensiones, sus tendencias.

“Conviene que sean tomados en consideración todos estos hechos esenciales, que constituyen la actividad especial de cada nación americana, la base radical de su desenvolvimiento y progreso. Ya se ve que no puede haber en estos países la necesaria uniformidad social, para que todos concuerden en una misma política, como se comprueba por las guerras civiles, y aun por las que se hacen unos á otros, como si no habitasen la misma parte del globo”.

Semejante argumento peca por su base, porque no siendo en último resultado más que dos los pueblos de diferente origen, lengua, religión y costumbres que han preponderado en la población americana, y que pueden tener la diversidad nacida de las circunstancias peculiares que hallaron en su nuevo país, el pueblo inglés y el de la Iberia, mal se puede objetar semejante diferencia contra el pensamiento de la unión de la familia hispano-americana, en la cual todos aquellos caracteres son idénticos.

Si el Brasil se considera fuera de aquella identidad, á causa de su proverbial antagonismo con los pueblos de origen español, confesaremos que tiene razón para no reconocerse solidario con las repúblicas americanas, tanto por eso, cuanto principalmente por la contrariedad de sus instituciones políticas. Sus guerras contra las repúblicas vecinas, que después consideraremos, pueden ser un testimonio más de aquella diferencia; pero las que se hacen entre sí las repúblicas y sus revoluciones intestinas no pueden citarse de ninguna manera como una prueba de que no existe la entidad política reconocida por todos sus gobiernos; porque el origen y las causas de tales conmociones tienen su raíz en otras condiciones muy diferentes de las que constituyen y deben constituir la unión americana, como lo veremos en la segunda parte de este libro.