De espalda, un negro y colosal Nubiano

Dormía echado en su alquicel envuelto,

Á precaución habiéndose revuelto

Las bridas de dos yeguas á la mano.

La hermosa raza del desierto en ellas

Se dejaba admirar, y en sus mantillas

De seda tunecí, y en las hebillas

De plata de su arnés, bien claras huellas

Se veían del lujo de su dueño,

Cuya venida retardaba acaso