Su venganza á su Rey, á Dios su alma.

La guardia de los negros, torva y muda,

Ante el cuerpo del último Alhameño

Lloró tal vez su bárbaro heroísmo:

Sólo insensible y enarcado el ceño

Permaneció Muley con faz sañuda,

Víctima de un segundo parasismo

De su pavor recóndito sin duda.

Reinó un punto el silencio más solemne:

Luego, hablando Muley consigo mismo,