Y el eco triste, de sus techos hijo,
Suspiró: «¡Alhama!»
Desde las torres del gentil palacio
Bajó en las brisas, y de rama en rama
Corrió los huertos y gimió el espacio:
«¡Ay de mi Alhama!»
Llegó hasta el vulgo la terrible nueva.
¿Quién pára el vuelo de la errante fama?
Su voz diciendo en la ciudad se eleva:
«¡Ay de mi Alhama!»