Los demás oradores sediciosos.

Tomando entonces por mimbar la fuente

Que el centro de la plaza decoraba,

Paseó sus miradas tristemente

Sobre la multitud que le cercaba;

Y con lúgubre voz, cuyo doliente

Tono en el hondo corazón vibraba,

Profética, inspirada, lastimera,

El discurso rompió de esta manera:

«¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!