Y tronó la palabra creadora.

Al eco inmenso de su voz gigante

La celestial cohorte voladora,

Con las alas cubriéndose los ojos,

Para escuchar se prosternó de hinojos.

«¡Azäel!»—dijo Dios, al sér divino

Desterrado en la tierra interpelando,

Y al umbral de su alcázar cristalino

El ángel bello pareció temblando;

Y el eco gigantesco y montesino