Andando el tiempo, Catalina, separándose de Julian, formó compañía y ajustó á Matilde; y habiéndose llevado con ella la mayor parte del repertorio de Julian, Catalina hizo su presentacion con mi Traidor, inconfeso y mártir. ¡Qué éxito el del pastelero! Mi drama se hizo en todas las provincias, y en todas las Américas, y aún es hoy de repertorio en todos los teatros, ménos en los de Madrid; y he visto actores muy medianos y sin pretensiones y hasta de teatros caseros que siempre se han hecho aplaudir en el papel del rey D. Sebastian.
Yo estoy muy pagado de ser autor de esta obra mia, y Matilde la ha dado á conocer en todos los países en que se habla la lengua castellana, gracias á Catalina.
¡Bendita Matilde! Desde la noche de su estreno data el cariño fraternal y la gratitud, que la tengo y la tendré siempre.
Post scriptum.—¡Pobre Barroso! Víctima de la medicacion á grandes dósis, murió de repente una tarde en el teatro, saturado de yodo y otras drogas de este jaez. En un ensayo exhaló repentinamente un profundísimo gemido: dió luego un gran grito y dijo: «¡me muero!» y una repentina parálisis comenzó á apoderarse de su cuerpo, comenzando por los piés. No hubo tiempo más que para conducirle á la habitacion y cama del portero, donde recibió la Extrema-Uncion, y espiró contando cómo se moria: ya se me ha muerto el brazo derecho, exclamaba: ya se me muere el corazon... lo último que pareció vivo en él fueron los ojos, cuyos párpados no quisieron cerrarse. Desde la representacion del Traidor inconfeso y mártir, dejé de escribir para el teatro.
XXI.
Aquí debian tener fin estos Recuerdos mios. Lo que va á seguir, no deberia tal vez ser publicado hasta despues de mi muerte; pertenece, más que á mis Recuerdos del tiempo viejo, á mis memorias póstumas: es exclusiva y personalmente mio, es historia íntima de mi corazon: va acaso á ser enojoso para mis lectores de El Imparcial, y no va seguramente á interesar más que á dos docenas de viejos como yo, que á aquellos tiempos hayan como yo sobrevivido: y no va por fin á despertar en ellos más que un sentimiento ficticio, efímero, artístico, si se me permite esta calificacion, como el que nos inspira la accion de un drama sentimental miéntras á la representacion asistimos. Lo que va á seguir es una página de la leyenda de mi alma: soy yo en ella el protagonista; ¡y soy yo tan poca cosa para hablar tánto de mí mismo!
Una razon me abona sin embargo: hace cuarenta y tres años que se habla de mí en España: quiénes me celebran y quiénes me critican; algunos me calumnian, muchos me envidian y pocos saben lo que de mí dicen, y pocos dejan de juzgarme sin pasion, porque ya nadie me conoce á través de tánto como se ha supuesto y se ha dicho del vagabundo autor de D. Juan Tenorio.
Los meridionales, y más que ningunos los españoles (y más entre estos los andaluces), tenemos la cualidad y la pretension de ser narradores y narradores chistosos: no podemos repetir una historia, un cuento, un sucedido, un dato cualquiera, sin añadirle algo de nuestra cosecha; así que, al salir de la boca del quinto narrador, ya no conoce la historia ó el suceso narrado, ni el que la inventó ni al que le sucedió; y como cada cual sostiene las añadiduras y variaciones por él intercaladas en el relato, é impugna ó contradice las de los demás, todo copo de nieve llega á ser una bola, todo grano de arena un monte, toda historia una novela y todo cuento una mentira; por lo cual, no creo yo nunca nada del mal que se dice, ni de lo malo que se cree de las mujeres ni de los hombres notables: al contrario, comienzo siempre á simpatizar con toda mujer de quien se habla mal y con todo hombre conocido á quien se critica; porque estoy convencido de que tánto más de bueno deben de tener, cuanto más de malo les aplica y atribuye la maledicencia.
De la mujer especialmente tengo yo mis ideas particulares.