y obligarle á tomar y abrir el relicario que encerraba el secreto del rey Don Sebastian.

Lo mejor que hizo Matilde en Traidor, inconfeso y mártir, fué el final. Al reconocer el retrato de su madre y al rechazar á su padre... estuvo sublime de dolor y de ira:

¡Tu hija!—¡Esto tan sólo me faltaba!

Tú, para que su muerte te perdone,

me llamas hija tuya... mas te engañas,

nada hay en mí que tu maldad abone,

para tí solo hay ódio en mis entrañas.

Aquí acababa el drama: el mal gusto del tiempo me arrastró á prolongar con veintiseis versos más tan repugnante escena: sólo Matilde pudo hacerla pasar.

El telon cayó en un momento de silencio, que se cambió en un espontáneo y general aplauso. El autor y los actores fuimos llamados al proscenio: Julian sonreía, Matilde no podia respirar, Barroso estaba convulso como si fuese á sufrir un ataque de nervios... de mí no sé lo que era... Pero ¿gustó el drama?

Sus siguientes representaciones dieron el mismo resultado cada noche: Romea le retiró á los pocos dias del cartel, y no se volvió á hacer más en el teatro del Príncipe.