Lo misterioso de la historia, lo terrorífico de la situacion, la calma heróica del rey mártir, la indecisa concentracion de las pasiones del juez, la inconsciencia de la realidad de la hija y de la amante, dieron por un momento á la verdad el dominio sobre la poesía y partió en silencio al patíbulo el incógnito é innominado protagonista. Quedó el teatro y el público en el silencio de la espectacion, y yo, en la duda del éxito y más convencido que nunca de que la verdad de la naturaleza no es la verdad del arte. Esta volvió á surgir en la escena al recobrar Aurora sus sentidos. Matilde, con la mirada extraviada, los movimientos inciertos, la voz perdida aún en la cavidad de la garganta, sin que el aliento pudiera aún extraerla de los pulmones, preguntó:
¿Qué sucede? ¡ay de mí! los pensamientos
no acierto á combinar en mi cabeza.
¿Y Gabriel?
y empezó á buscar á Gabriel y á sentir por la ventana el rumor de la plaza, y vió y escuchó, pero no concibió lo que oia ni lo que miraba, pero se lo hizo comprender al espectador y le estremeció. ¡Allí va! ¿A dónde se le llevan sin ella? ¿qué palos son aquellos? ¿qué le ponen al cuello? ¡es una soga! Una nube sangrienta la ofusca la mente. ¡Un sacerdote! y comprendiendo de repente, grita vuelta á Santillana:
pero vos, ¡miserable! que sois hombre,
gritad conmigo...
y el juez vencido invoca el nombre del rey; pero el grito, el aullido, el estertor, todo junto, que constituyó la exclamacion de Matilde ¡ay! ¡es ya tarde! no son para escritos.
Lo más á tiempo, lo mejor, que ha hecho y ha dicho Florencio en su vida es el decir á Santillana:
Tomad: sepamos la verdad postrera,