—Me holgaré de conocerle, porque no pudimos vernos entónces.

—Pues hoy se verán Vds.

Salí yo á la imprenta de Boix, donde tenia en prensa una leyenda, salió mi padre á hacer ciertas compras, y á la una nos presentamos en el edificio de la calle de Torija, donde estaban por entónces las oficinas del ministerio de Fomento.

A mi presentacion abrió el portero la mampara del despacho de Nicomedes, y anunciándome, me abrió paso. Hallábase allí accidentalmente Patricio de la Escosura, que acababa de ser nombrado jefe político de Madrid; soltó al verme el baston y el sombrero que en la mano tenia, y pasándome el brazo por la cintura, me hizo dar una vuelta de él suspendido: no tuve yo más que el tiempo necesario para decirle al oido: «mi padre», ni él necesitó más para volverme á dejar en pié, y dirigiéndose á aquel que tras mí habia entrado, le dijo, tendiéndole la mano: «A nuevos tiempos nuevas costumbres, Sr. Zorrilla: hoy son así recibidos los poetas, y donde quiera que vaya V. con su hijo verá lo mismo.»

—Ya veo—respondió mi padre—que mi hijo es el más afortunado tarambana de Madrid.

Presentéles yo unos á otros, mi padre á Nicomedes y Escosura á mi padre: recordó éste al de aquel don Jerónimo de la Escosura, director de la fábrica de tabacos en su tiempo; y unos con otros corteses, y unos con otros cumplidos, despidióse Patricio y quedamos mi padre y yo á solas con Pastor Diaz.

Hablaron en secreto mi padre y él: pidió éste á poco su carruaje y partió con mi padre, previniéndome que si me cansaba de esperar me fuera á mis quehaceres, que él se encargaba de mi padre; y yo, despues de aguardar largo tiempo su vuelta en el despacho de Gil y Zárate, volví á mi casa, donde el carruaje de Pastor Diaz habia conducido á mi padre.

—¿Qué tal?—le dije.—¿Ha quedado V. contento de Nicomedes?

—Jamás fué pretendiente mejor servido que yo. Dentro de cuatro dias puedo irme á cuidar de la hacienda de Torquemada, con todos mis negocios despachados en Madrid.

—¿Tan pronto piensa V. dejarnos?