—Buenos amigos tienes, si sabes conservarlos. ¿Cuándo podré ver á Pastor Diaz?
—Hoy mismo, á la una, en el ministerio. No será la primera vez que hable V. con él.
—¿Te ha dicho?...
—Todo: que le debe á V. tal vez la vida.
—Es posible: su situacion era dificilísima. Venia yo de comisario régio con la expedicion carlista que entró en Segovia. Creíamos encontrarte allí con él.
—Yo esparcí la voz de que me encerraba en el alcázar, pero me volví á Madrid.
—Te hubiéramos visto con gusto.
—Yo no le hubiera tenido en ir á Oñate á hacer versos á Cárlos V y á San Luis Gonzaga. No hubieran tenido el éxito de los que he escrito en Madrid.
—Es verdad: Nicomedes se vió obligado á esconderse en un horno; yo lo supe y me alojé en la casa en que estaba. En un momento en que soldados revoltosos podian haber dado con él y cometer cualquier tropelía, me senté yo á la boca del horno y entablé con él conversacion á través de la tapa que le cerraba y que él sostenia por dentro. Le dije quién era y le pregunté por tí. Cuando tocaron bota-silla, no abandoné aquella casa hasta que las tropas comenzaron á salir de la poblacion, y le dije el camino que íbamos á tomar para que echara por el opuesto.
—Así me lo ha contado él.