Mi padre era el último eslabon entero de la rota cadena de la época realista, la cifra viviente, el recuerdo personificado del formulista absolutismo, el buen estudiante ergotista de las Universidades de sotana y manteo, el doctor en ambos derechos por el cláustro de la de Valladolid; convencido desde su niñez de que sólo el estudio del derecho, la teología y los cánones podia producir hombres, y de que sólo la toga y la golilla podian darles representacion, dignidad y posicion social. Yo era el primero y débil eslabon de la nueva época literaria, el atropellador desaforado de la tradicion y de las reglas clásicas, el fuego fátuo, leve é inquieto, personificacion de la escuela del romanticismo revolucionario: mi padre, cansado pero no rendido, iba á perderse en la sombra de lo pasado, y yo sin medir la inmensidad desconocida en que iba á arrojarme, fiaba en mis nacientes alas para cruzar el espacio luminoso del porvenir. El padre y el hijo, el último y el primer eslabon de los dos pedazos de la rota cadena, se enlazaron en un abrazo, se fundieron al fuego del natural cariño, y brillaron por un momento unidos y soldados, esmerilados y limpios por las lágrimas ardientes que vertian por sus ojos sus corazones prensados y exprimidos por un placer inexplicable.

Yo no he tenido hermanos: mi padre me separó de sí á los nueve años para meterme en un colegio, y habíamos vivido juntos muy poco tiempo: él no habia modificado su cariño ni sus derechos paternales en la gradacion del trato de su hijo niño, adolescente, mancebo y al fin hombre; me encontraba niño como cuando de nueve años me separó de sí; y viejo robusto y de elevada estatura, me levantó en sus brazos como si todavía no hubiera pasado de aquellos nueve años á que su cariño y sus recuerdos paternales se remontaban. Al volver á dejarme en el suelo, dijo mi padre contemplándome, no sé aún con qué sentimiento:—«¡Qué chiquitin te has quedado!»—El obispo Tarancon, que enjugaba sus lágrimas sin rebozo, le dijo:—«Chiquitin es; pero se ha colocado á tal luz que ya te cobija con su sombra.»—No sé lo que pensó mi padre, que no respondió á la halagüeña alusion del prelado. Mi mujer le mostró y condujo á su habitacion: el buen obispo de Córdoba nos dejó en ella muy satisfecho, y quedólo no poco mi padre de hallar en mi casa la paz doméstica, y el tranquilo bienestar de la medianía á quien nada falta ni nada sobra. Halló en su cuarto muchas coronas, cuyas fechas y dedicatorias leyó con mucha atencion, y sin atreverse en largo espacio á volverse á mí, para no dejarme ver la emocion que le causaban aquellos emblemas poéticos de la efímera gloria de su hijo. Así comenzó la breve temporada de la vida de familia que con nosotros hizo. Comimos, salió él en carruaje á sus visitas y volvió á las diez y media de la noche. A las once anunció su necesidad de recogerse: le ayudé á desnudarse, le acosté... y no me da vergüenza consignarlo: cuando le tuve acostado, me senté en su cama, le dí mil besos, le hice mil cariños, le dije mil niñerías; le traté como habria tratado á mi pobre madre, acariciándole y mimándole como cuando yo tenia seis años. Rióse él y enternecióse, y díjome en fin despidiéndome:—«Eres un chiquillo y no tienes formalidad.» Le arreglé la ropa, le coloqué la pantalla en la lamparilla, y dándole las buenas noches con el último beso... le dejé solo con sus pensamientos.

No habíamos hablado de nada: nada nos habíamos dicho: ni una palabra del pasado, ni una alusion al porvenir, ni una observacion sobre lo presente. ¿Qué pensaba de mí mi padre? Que me habia quedado chiquito y que no tenia formalidad: esto era lo único que su lengua habia dicho, pero su corazon habia tambien hablado por la emocion y las lágrimas delatoras de sus sentimientos de padre: su corazon habia respondido al llamamiento del mio, y el hijo estaba ya seguro de que tenia padre. Pero ¿quién iba á dominar mañana en su ánimo, el corazon ó la cabeza? ¿Quién se iba á revelar definitivamente, el padre ó el magistrado? Yo dormí mal, y esta cuestion me tuvo insomne é inquieto toda la noche.

A la mañana siguiente, despues del desayuno, entabló á solas conmigo el diálogo, sobre palabra más ó ménos, de esta manera.

—Necesito algo de algun ministro; ¿cómo estás tú con este Gobierno?

—Yo estoy bien con todos.

—Tengo una pretension en el negociado de Instruccion pública.

—El director es D. Antonio Gil y Zárate y el ministro Nicomedes Pastor Diaz.

—Segun el prólogo que puso á tu primer libro, si no le has hecho alguna botaratada, debe de ser muy tu amigo.

—Es como si fuera mi hermano mayor: tan indulgente y tan cariñoso, que si hubiera cometido la torpeza ó tenido la desgracia de jugarle alguna mala pasada, no se hubiera dado por entendido de ella ó me la hubiera perdonado. Donoso Cortés, D. Joaquin Francisco Pacheco y Pastor Diaz me han servido de padres en ausencia de V.