Alarmó á la gente de mi casa aquella cita con puntas de órden; pero como nunca me habia yo mezclado en la política, acudí sin inquietud al gabinete del jefe político, que era por otra parte lo más político y bien educado del mundo, muy deferente como muy ilustrado con la gente de letras, y especialmente benévolo conmigo.
La cuestion era tan sencilla y prevista en su fondo como inesperada y extraña en su forma; mi padre, despues de seis años de emigracion, en vista de que casi todos los de su partido, acogiéndose á las amnistías, habian regresado á sus pátrios hogares, y de que S. M. la Reina D.ª Isabel II reinaba tranquilamente en España, reconocida por todas las potencias de Europa, se convenció de que su constante y leal adhesion á la causa del Pretendiente no le serviria más que para morir inútilmente, sin provecho suyo ni ajeno, en tierra extranjera, y se decidió á enviar al Gobierno una representacion solicitando el permiso de volver á España.
Pero esta representacion se dirigia á S. M. la Reina, empezando con estas palabras: «Señora: puesto que V. M. reina ya de hecho, D. José Zorrilla Caballero, alcalde de casa y corte, consejero, etc., etc.,» lo cual parecia significar que el que aquella representacion firmaba no reconocia Reina de derecho á D.ª Isabel. El jefe político, por encargo del Consejo de ministros, me llamaba para que yo dijese si era la firma de mi padre la de aquel documento: y ante mi afirmativa respuesta, no dijo más aquella grave autoridad que estas palabras: «En ese caso...» y encogiéndose de hombros, dobló el papel en que me mostró la firma.
Despues de una breve conferencia, en la cual la discrecion del Sr. Benavides correspondió con la reserva que á mí me convenia guardar en aquel caso por respeto á mi padre, me despidió con muy corteses palabras, y yo me apresuré á ir á tranquilizar á mi mujer; en España no las tiene nadie consigo cuando tiene que habérselas con la autoridad.
Yo fuí quien no pude tranquilizarme ni conciliar el sueño en toda la noche. La forma en que venia la representacion de mi padre habia levantado en mi corazon una tempestad de inquietudes, en mi imaginacion un volcan de preocupaciones y una tupida niebla de dudas en el campo de mi esperanza. Tenia yo entónces fé en muchas cosas en que hoy ya no creo, y quedábame aún un amigo en cuyos consejos esperar podia, en cuyo amparo debia fiar y en cuyos brazos podia esconder mi cabeza para derramar mis lágrimas. Era este el docto é ilustre prelado D. Manuel Joaquin de Tarancon, recientemente preconizado obispo de Córdoba, y que moraba entónces en la corte y en la calle de la Union por ser senador del reino. El Sr. Tarancon, condiscípulo de mi padre, á quien éste tenia en muy alta estima y que á mí me profesaba un cariño paternal, habia sido mi catedrático y mi confesor.
Habia gozado con los éxitos de mis obras, como si verdaderamente mi padre hubiera sido; me habia ilustrado con sus consejos, me habia corregido con sus observaciones, y tenia una sincera satisfaccion de haber llegado á ver poeta celebrado al estudiantuelo de quien habia cuidado en la universidad, y al chiquitin á quien habia visto romper á hablar en los brazos de su madre, en la intimidad y al calor del hogar paterno. Aún tengo en mis pupilas la imágen venerable de aquel sabio, tan hombre de mundo como poco mundano, revestido de su morado hábito episcopal, con su pectoral y su anillo de esmeraldas, que me contemplaba con los ojos arrasados en lágrimas, pasando por mis abundosos cabellos sus aristocráticas manos, y derramando con sus santas palabras la luz de la esperanza sobre las tenebrosas dudas de mi alma. ¡Dios tenga la suya en la mansion eterna de las de los justos!
Entre mis recuerdos del tiempo viejo su memoria es el más precioso, y su figura es la más augusta é imponente que esculpida en la mia conservan mi gratitud y mi veneracion.
Por él supe pocos dias más tarde que el Gobierno habia enviado á mi padre autorizacion para volver al suelo pátrio, reconociéndole ántes sus títulos y gerarquía, considerando sus años de emigracion como pasados al servicio de la Reina, y señalándole veinte mil y pico de reales de jubilacion que le correspondian por su categoría en la alta magistratura. Debia todo esto mi padre, no sólo á la influencia de mi reputacion literaria, sinó á la eficaz proteccion con que le ayudaba un conocido personaje, que aún vive y conserva su influencia en los negocios políticos de nuestro país; pero á quien yo nunca he tratado, de quien no sé si se ha ocupado jamás de mí, ni si ha leido una letra mia, ni si personalmente me conoce. Un dia me dijo Tarancon: «Prepara en tu casa un aposento para tu padre, que vendrá la semana próxima.»
Mi mujer se ocupó con miedo y alegría del mueblaje y decoracion del alojamiento de aquel tan esperado y temido huésped, y anduve yo ocho dias casi insomne y ayuno por su venida; y anduvo mi mujer inquieta y avizorada, como si la llegada de mi padre debiera ser la aparicion de la sombra de Bancuo en el drama de Shakespeare.
Diez dias despues recibí un billete en que me decia el obispo Tarancon: «Mañana llega tu padre; pero no vayas tú á esperarle ni á recibirle; debe de ver y hablar á otra persona ántes que á tí; yo le tendré un dia en mi casa y te le llevaré á la tuya.» Y todo se hizo como Tarancon lo dispuso; y él llevó á mi padre á su casa, y estuvo y habló en ella con él á solas veinticuatro horas; al cabo de las cuales entró con el venerable prelado el ex-superintendente general de policía del Rey D. Fernando VII, en casa de su hijo, el autor de Don Juan Tenorio.