toda mujer que deshonrada llora,

toda la que en dolor se desespera,

de su duelo ó su infamia, no os asombre,

la ocasion ó el orígen es un hombre.

Y apuntada de paso esta opinion mia con respecto á las mujeres, sigo adelante con las que respecto á mí mismo voy aduciendo: y no creo que voy muy descarriado al creerme con derecho á decir algo de mí mismo, despues de haber oido y tolerado sin chistar por espacio de cuarenta y tres años, cuanto amigos y enemigos, chismosos y desocupados y vulgo, en fin, que nunca sabe donde tocan las campanas que oye, han dicho y escrito de mí; de mí, pobre insensato que nunca supe contentar á nadie, ni acerté con nadie á quedar bien, y á quien Dios acordó lo único bueno que de nada en España sirve: la modestia de reconocerse y la humildad de no aspirar á nada; no creyéndome para nada con aptitud, por haberme pasado la juventud concentrado en mí mismo, aspirando sólo á conseguir un ideal que sólo dentro de mí mismo albergaba mi esperanza, y en la soledad de mi alma únicamente crecía, como una palma estéril sin compañera, condenada á secarse sin fruto en el desierto de mi inútil existencia.

Voy, pues, á alargar con unos capítulos más estos Recuerdos, y á decir de mí mismo y de mi casa lo que yo sólo sé; porque por mucho que de mí sepan, por observacion y por induccion, los curiosos, los críticos, los murmuradores y los entremetidos, sólo los necios podrán disputarme el derecho de saber mejor que yo lo que por muchos años he guardado entre pecho y espalda, y la idea que mi pensamiento en palabras jamás ha formulado.

Pero vayamos ya adelante con mi historia, echando á un lado digresiones y zarandajas.

Era jefe político de Madrid el Sr. D. Antonio Benavides, y secretario Pepe Rojas, pariente mio por parte de mi primera mujer. Hacia ya muchos meses que mi infeliz madre habitaba en casa de una vieja prima de mi padre, viuda, bien acomodada, que habia vivido largos años en una ciudad de Francia, que por entónces vivia sola en Madrid, porque se habia extrañado de la única hija que de su único matrimonio habia tenido, porque aquella hija habia contraido uno de esos que se llaman de amor con un hombre tan honrado y laborioso como falto de bienes de fortuna. Aquella tia segunda mia, que habia hecho cierto papel en el tiempo de Fernando VII, y la vida del gran mundo en la buena sociedad de su tiempo, no habia perdonado jamás á su hija, que vivia en Toledo en donde yo la conocí, tan honrada como pobre y tan contenta con su mala suerte cuanto serlo la permitia el largo abandono y el tenaz olvido de su madre orgullosa ó descorazonada.

Parece que en mi familia los cabezas de ella han mantenido el principio de la autoridad paterna en toda la rigidez absoluta del derecho romano, y no han sabido nunca transigir con el tiempo, ni contemporizar con las circunstancias, ni perdonar la desobediencia, ni otorgar olvido al extravío juvenil, ni tener en cuenta la fuerza de la pasion, ni la ceguedad del error de sus hijos. Mi prima de Toledo tenia una hija preciosa á quien habia bautizado con el poético nombre de Esperanza: la chica era á los catorce años una preciosa criatura, cifra expresiva de la esperanza de su pobre madre; pero su abuela no albergó nunca bajo su techo á su tan hermosa como inocente nieta... é ignoro lo que de ésta y de sus padres ha sido despues del fallecimiento de mi tia. Con ella vivia mi madre en provincia, cuando mi pariente Pepe Rojas me envió con un guardia civil una carta anunciándome que el Excmo. Sr. Benavides, su jefe, deseaba que me avistara con él en su gabinete, de nueve á diez de la noche, para un asunto que me concernia.