doublé, contrefaçon, bisutería.


Nunca así á Dios se adorará en Castilla;

nuestra fé es más profunda y más sencilla.

Tal fué mi primera impresion hace treinta y cuatro años: poeta creyente, hallé de ménos mucho fondo y de sobra mucha forma en la manifestacion religiosa del catolicismo francés en Burdeos, arzobispado primado de la nacion vecina: despues he pasado en Burdeos largas temporadas, y es la ciudad en donde más tranquilo y más á gusto he vivido. Me acostumbré á leer á la puerta de la catedral el anuncio de la funcion, el nombre del orador que debia de llevar la palabra en el púlpito, los del director y el organista que dirigian la parte instrumental, y los de las damas y los ó las artistas que sostenian la parte de canto; el objeto piadoso á que la funcion se dedica bajo el patronato de tales ó cuales damas, prelados ó corporaciones, y el precio (generalmente de dos francos) por el cual se puede adquirir el derecho á ocupar una de las sillas, numeradas ó no, que llenan el templo. ¿Y por qué no?

A nosotros nos choca esta asimilacion de las basílicas á los teatros; pero es, al mio, un mal modo de ver las cosas: en Francia usa cada cual libremente del derecho de anuncios y propaganda; y puede que en los templos y fiestas religiosas francesas haya ménos fé, ménos devocion y ménos fervor, pero hay más órden que en las nuestras: nosotros entramos y salimos de las iglesias á codazos, empujones y puñetazos; nos colocamos donde podemos, pisamos á las mujeres que se arrodillan y se sientan en el suelo, etc.; los franceses entran por una puerta y salen por otra, y ocupan tranquilamente los puestos que les corresponden, bajo la direccion de bedeles y pertigueros; que á nosotros nos parecen ridículos, pero cuyos oficios y trajes están encarnados en sus costumbres.

Los franceses han comprendido que la sociedad moderna es un hermoso lago cuyo fondo es cieno, y tienen cuidado de no revolver jamás el agua, poblando su superficie de blancos y ligeros cisnes entre los cuales bogan sin remo miles de botecitos sin quilla, que hacen temblar y rielar el líquido, pero que no levantan oleaje: siembran y plantan las orillas de jardines y de bosques, y van á sentarse á contemplar el espectáculo social á la sombra de los árboles y entre el perfume de las macetas.

Nosotros tenemos la maldita manía de revolver el agua y de arrancar hasta la yerba al rededor del lago, y nos tenemos que estar al sol y al aire, siempre sedientos, contemplando el agua cálida y turbia que hacemos dificilísima de beber.

Hé aquí mis impresiones de ayer y hoy en Burdeos. Esta ciudad, cuyo casco componen miles de edificios tan macizos y suntuosos, y calles más anchas y regulares que las de Roma antigua, atestada de recuerdos y monumentos históricos, aireada por anchos paseos y frescos jardines, regada por dos soberbios rios, el Garona y la Dordoña, salpicada de Colegios, Museos, Academias, Bibliotecas é Institutos, conteniendo veintidos clubs y círculos para todas las clases sociales, diez teatros y salas de recreo, un hipódromo, nueve periódicos diarios y once lógias masónicas; mitad católica, militante y revolucionaria libre pensadora, la tengo yo comparada á una rica, nobilísima y aristocrática viuda legitimista que sonríe á la república, papista que no llora el perdido poder temporal de los Papas, que se ha retirado á vivir y á morir tranquila en sus opulentas posesiones, á cuidar de sus incomparables viñedos y á gozar de sus rentas sin miseria y sin despilfarro, sin ruinosos vicios y sin pretenciosas virtudes, sin orgullo de la majestad de su noble raza, pero con la conciencia de la dignidad de su ilustracion y de su bien heredada opulencia.

Hé aquí mi juicio sobre Burdeos, donde empecé mi poema, y de donde salí para París á estudiar mucho que no sabia, y á adquirir algo que me hacia falta para llevar á cabo mi incompleta Granada.