Era ya por entónces hombre de más de sesenta años; pero ágil, robusto y colorado, con sus patillas blancas de boca-é-jacha y su sombrero sobre la oreja derecha, corria por las calles recortando los coches y evitándolos apoyándose en la saliente lanza, como quien pone rehiletes de sobaquillo, porque todo lo hacia y lo hablaba á lo torero y lo macareno; y asombraba el verle cruzar los boulevarts sin tropezar ni vacilar entre la multitud de carros, ómnibus y coches que de contínuo los obstruyen. Todo era en él extraño y original; en su negocio no tenia más que un empleado, y éste tenia las más incompatibles cualidades: era polaco, judío, carlista, fiel y discreto; hablaba un castellano aprendido en Vizcaya, tan disparatado como el francés que hablaba Freyre, y entre los dos me decian despropósitos imposibles de reproducir. Yo llamaba tio á Freyre; y cuando mi familia me dejó solo en París, me fuí á vivir al hotel de Italia, frente á la Opera-cómica, en cuyo piso tercero habitaba Freyre un pequeño aposento, compuesto de sala, gabinete y alcoba, y atestado de botellas y cajas. Cuando mi trabajo asíduo y sus compromisos con sus anfitriones nos dejaban libres las noches, comíamos juntos, y las concluíamos en el teatro, en algunos de los cuales tenia yo entradas libres, como escritor extranjero con editor en Francia.

Llegó así Noviembre, y ya tenia yo apalabrados contratos para imprimir mi poema de Granada, y pagábanme ya no escasamente la prosa y los versos que para sus publicaciones de América me pedian, cuando se acordó Dios de mí, como dicen los católicos, enviándome una de esas desventuras que envenenan y enturbian para toda la vida el manantial amargo de la memoria.

Pedíame de Madrid mi primo P., consócio mio, con Rafael X, una cadena de relój igual á otra mia, que era una cinta hecha con mil pequeñísimos cilindros de oro engarzados y giratorios en una red de ejes, de tan prolijo trabajo, como maravillosa flexibilidad. Averiguó Freyre el domicilio del obrero que para el platero los trabajaba, y nos acostamos conviniendo en que á la mañana siguiente muy temprano iríamos á comprar ó á encargar la demandada cadena.

Habíanme regalado en Burdeos un necessaire de ébano fileteado de marfil, que garantizado por una guadamacilada funda de cuero, llevaba yo á la mano y servia en nuestros viajes de escabel á mi mujer. Al levantarme al dia siguiente, híceme la barba segun costumbre con las navajas y ante el espejo de aquel necessaire, y llamando Freyre á mi puerta y dándome prisa, porque él la tenia de acudir á sus negocios despues que al mio, vestíme apresuradamente y partí con él; dejando las navajas sobre el velador y el espejo colgado en la escarpia, que para ello tenia puesta á mi altura en el marco de la vidriera.

Fuimos hasta el final del Faubourg de San Dionisio; hallamos y compramos el objeto pedido, acompañé á Freyre á tres ó cuatro puntos que tenia que recorrer, y volvimos juntos al hotel de Italia.

Pedimos al conserje nuestras llaves, pero la mia no estaba en el llavero; en vez de dejarla en él al salir, me la habia llevado en el bolsillo. Al entrar en mi cuarto, exclamó Freyre: «Mal agüero, zobrino: aquí han andado loz menguez en auzencia nueztra: mira:»—y me mostró el espejo hendido trasversalmente de arriba á abajo.—Reíme yo de su supersticiosa observacion, y llamé al camarero; el cual respondió á mis reclamaciones diciendo, que ni él habia podido hacer mi cuarto, ni nadie entrar en él, porque yo no habia dejado la llave en la conserjería.

«¡Mal agüero, zobrino, mal agüero!» Seguia Freyre rezungando entre dientes, y yo, que no creo más que en Dios, le hice observar que al cerrar la puerta de golpe, la vibracion de las vidrieras produjo probablemente el choque y rotura del espejo; y que teniendo los dueños de los hoteles dobles llaves por mandato expreso de la policía, tal vez el no haber yo dejado la mia llamó la atencion, abrieron sin precauciones la puerta y ocasionaron el fracaso.

Freyre tragó como pudo mi explicacion; y teniendo ambos el dia libre, nos fuimos á almorzar á la taberna inglesa de la calle de Richelieu, con la intencion de ir á las dos al hipódromo del Arco de la Estrella.

Almorzamos tranquilamente, y habiendo encontrado Freyre en el fondo de una botella de Chambertin, un raudal de andaluza verbosidad y un tesoro de alegría juvenil, salíamos cruzando el patio como estudiantes que hacen novillos, cuando dimos de manos á boca con un sobrino del banquero A. B., que en el piso principal de aquella casa tenia su escritorio establecido. «Del cielo me caen Vds.—exclamó al vernos—y me ahorran un viaje. Hace dos dias que tenemos una carta de España para el Sr. Zorrilla, y á llevársela iba; por cierto que trae luto y la apostilla de urgente. Aquí está.»

Y presentóme la carta, que me hizo palidecer. Era de mi padre y revelaba en sus cuatro líneas su extraño carácter, y lo más dolorosamente extraño de nuestras relaciones.