Decia:

«Pepe, tu pobre madre ha fallecido hoy á las tres de la madrugada; tú verás si te conviene venir á consolar á tu afligido padre

José.

No puedo decir lo que sentí ni lo que hice en aquel momento.

Aquella noche rompí mis contratos y retiré las palabras dadas á los editores franceses; y á la mañana siguiente, rompiendo con mi porvenir, emprendí mi vuelta á España y al paterno hogar, cuyas puertas me abria la muerte por la tumba del sér más querido de mi corazon.

Dejé á Freyre llorando en la estacion, y repitiendo lo que desde el dia anterior le habia oido rezungar muchas veces por lo bajo: «Sí, dicen bien las gitanas de Triana: que el diablo ez quien inventó loz ezpejoz, y que anda ziempre entre el azogue é zuz criztalez.»

Yo partí viendo á través de mi espejo roto el rostro adorado del cadáver de mi madre, cuyo último suspiro no me habia permitido recoger Dios.


XXIV.

Tenia mi padre gran fuerza de voluntad y absoluto dominio sobre sí mismo; pero no pudo dominar su emocion en el momento de volverme á ver en su casa y por tan doloroso motivo. Nos abrazamos llorando: él fué el primero que se repuso y volvió á la prosáica realidad de la vida.—«Vienes muy cansado:—me dijo—no agravemos el mal que no tiene ya remedio. Come y reposa: la naturaleza es un tirano irresistible: tenemos tánto tiempo como razones para contristarnos; pero en este instante nuestro dolor está endulzado por la alegría, y no podemos ni alegrarnos ni condolernos, sin asustarnos de nuestra alegría como de nuestra pena.»