Pagóse mi padre y más su servidumbre de aquella confianza nuestra; comencé yo á convertir el corral en jardin, y gozaba mi padre viéndome cavar y trasplantar frutales, y abrir arriates para las flores. No hice yo de aquel corralon de lugar un jardin de Falerina; pero al ménos veíase desde los balcones algo muy diferente del muladar en que convierten sus corrales los labriegos descuidados de nuestra mal cuidada Castilla.
Fuimos y volvimos dos veces de Torquemada á Madrid y de Madrid á Torquemada, y en la corte volví á poner casa por consejo de Tarancon, á quien su cargo de senador volvió á traer á Madrid.
La sociedad de La Publicidad se extendió mucho y no pudo abarcar tánto; llevaba yo presentado tomo y medio de mi poema, y habíanme dado, por órden de Pacheco, hasta setenta y dos mil reales; pero husmeando la liquidacion próxima, y no queriendo que mi manuscrito pasara á manos desconocidas, suspendí la entrega de original, con la intencion de rescatar la propiedad de mi manuscrito, por una transaccion ventajosa, cuando la liquidacion llegara.
Extendia entre tanto sus negocios el editor Gullon; y habiéndome pedido un libro de la Vírgen, consultado el caso con Tarancon, y fiado en sus consejos, ofrecí á Gullon el poema de María en seis meses y en treinta y dos mil reales; pero siendo Madrid el punto del Universo en que más tiempo se pierde y más holgazanes encuentra con quienes malgastarlo el hombre que lo necesita, tomé en el Pardo y en la Casa de Infantes un aposento, que empapelé y amueblé, y retiréme á trabajar en aquella arbolada y jabalinesca soledad. Pasábame allí las semanas enteras: los sábados me enviaban mi mujer y mi primo los caballos, y venia á pasar á Madrid los domingos. Escribíame poco mi padre, porque tenia gota y mal pulso y costábale mucho el llevar la pluma; y escribíale yo tambien muy poco, porque estaba muy cansado de tener entre los dedos contínuamente la mia. Sabia él de mí que trabajaba en un libro de la Vírgen; sabia yo de él que la gota le tenia en descuido de la hacienda que habia en parte arrendado, y en el endiablado humor en que la podagra pone á quien la padece; y sabia de ambos el bueno de Tarancon, porque de ambos se ocupaba y á mi padre escribia, miéntras yo algunas veces le visitaba; y así corrió el invierno de 48, preguntando yo á mi padre si necesitaba de mí, y contestándome él que no valia su mal la pena de que yo interrumpiera mi trabajo.
Conservaba yo roto, y así de él me servia, aquel malhadado espejo de mi necessaire que se me rompió en París, y cuya rotura dió tánto á Freyre que rezungar; pero habiéndose desprendido uno de los dos trozos de su cristal por un costado, adherido sólo al carton en que encuadrado estaba por su parte superior, hacíase ya tan engorroso como arriesgado el servicio del tal espejo; y como conservábale yo roto por mero recuerdo del mal dia en que se rompió y no por supersticioso empeño, que Dios, en quien solamente á puño cerrado creo, me ha librado de creer en agüeros ni supersticiones de ninguna especie, determiné al fin renovar el espejo, ya que el necessaire era en verdad prenda que merecia tenerse completa. Vivia yo en las casas de Santa Catalina de la calle del Prado, y hallábase establecida una fábrica de espejos en donde hoy lo está el Casino Cervantes; llevó mi mujer misma el carton en que el roto estaba encuadrado, y en él la pusieron otro espejo de la exacta medida, prometiéndosele para el lunes: pero no se lo llevaron hasta el martes. El azogado cristal nuevo encajaba perfectamente en el hueco para él hecho en el fondo de la tapa del necessaire; coloquéle en su lugar, púsele encima la almohadilla que le garantizaba contra choques y movimientos, y cerrado el necessaire, forcé la tapa para hacer girar la llave: pero al forzarla, sentí crugir algo dentro; el espejo se habia vuelto á romper; yo habia dejado por debajo del cristal uno de los pasadores que por arriba le sujetaban.
Resignéme á tenerlo roto y me volví á mi escondite del Pardo, y volví á emprenderla con el libro de la Vírgen. Era un martes. Mi familia no iba nunca á verme al Pardo; yo la pedia ó ella me enviaba los caballos ó un carruaje, pero nunca en dia de entre semana, sinó en sábado ó en domingo. El jueves habia yo concluido un capítulo; hacia un tiempo delicioso y salí á hacer ejercicio ántes de comer, en compañía de un guarda que en tales casos me servia de cicerone. A mi vuelta hallé un coche en el patio de la casa y á mi mujer esperándome en mi aposento. Volvia yo contento de mi paseo, porque lo estaba de mi trabajo, y alegremente abracé á mi mujer y á la persona de su familia que la acompañaba.
La mesa estaba puesta: sentíame con apetito, y comencé tranquilamente á dar cuenta solo de mi pitanza, de que los recien venidos rehusaron participar, y pasé distraido las primeras cucharadas de la caliente sopa: pero al notar de repente el silencio tan sombrío como desusado de mi familia, asaltóme un siniestro presentimiento, y exclamé inquieto:
«¡Dios mio! ¿Qué sucede, que venís tan tristes y tan pronto?
—Nada, pero es preciso que vengas con nosotros.
—¿Por qué?