No espero que nadie de mí se mofe ni me avergüence por mis lágrimas de gratitud, ni por consignar aquí con la más sincera los obsequios de que fuí objeto y los nombres de los que me los prodigaron.
El 1.º de Noviembre apareció en Madrid, en el número 1841 de El Globo, un tan curioso como oportuno y por mí no esperado artículo, prohijado por la redaccion, puesto que aparece de fondo y sin firma, en el cual me considera como un muerto que sobrevive á su gloria y asiste á su apoteósis desde una butaca del salon de espectáculo; ¡Dios mio! si la redaccion de El Globo me hubiera podido honrar con su compañía en mi palco del teatro Principal de Barcelona el 30 de Octubre, hubiera comprendido lo poco que estimo mis obras, pero tambien la escitacion febril que me producia el placer de recibir aquella ovacion del público de Barcelona. ¡Gracias á quien quiera que aquel original artículo me escribió en ocasion tan oportuna; gracias á la redaccion que lo aceptó por suyo, y gracias (si le hay) á su trás ella escondido é invisible inspirador.
El Diario literario de avisos de Barcelona, copió este artículo de El Globo en su número del jueves 4; y en el del viernes 5 de La Crónica de Cataluña apareció otro afectuosísimo de D. Teodoro Baró, á quien seria imposible que yo expresara mi reconocimiento por tal escrito, en frases que á las suyas correspondieran. Baró siente sin duda por mí algo que no se puede comparar más que con un amor de niño: con una sencillez infantil, y una fraternal familiaridad se ocupa de mi faz, de mi traje, de mis costumbres, hasta de mis intereses; recordando en su artículo que cómo y pago alquiler de casa, y que no es justo que se me reimpriman mis obras como si fueran propiedad de todos, impidiéndome utilizar sus productos, para probarme la inmensa popularidad que me han adquirido. Baró trata de mí, de mis obras, de mis acciones y hasta de mis sentimientos íntimos y de mis pensamientos recónditos, con una discrecion, con una delicadeza, con un decoro y con un respeto, que no fueran mayores si él fuera padre, hijo ó hermano del viejo poeta, á quien honra con el artículo en que le da tan cordial bienvenida. Yo ocupo, por lo visto, en el alma de Baró un lugar entre sus creencias: leyó de niño mis versos, se familiarizó conmigo desde muy muchacho, aprendió sin duda al mismo tiempo el Catecismo y mis Cantos del Trovador, el Padre nuestro y El reló, la Historia de España y Margarita la Tornera, y ahora tiene de mí la misma idea que de los personajes históricos y de las imágenes religiosas, que entran en nuestro espíritu con los primeros rudimentos de nuestra primera educacion. Y ¿qué voy yo á responder á los artículos de Baró? ¿Cómo voy yo á corresponder á esta especie de veneracion innata que por mí siente? Con palabras es imposible: no las encuentro; con versos, ya no puedo, porque ya no los hago: con visitas, con cumplidos, con banalidades sociales, seria bajarme yo mismo cantando las peteneras del altar en que Baró me tiene en su corazon colocado; tengo pues que callar, consagrándole en el mio una silenciosa gratitud.
Alonso del Real, en los lunes de La Gaceta de Cataluña, hoja literaria del 25 del mismo mes de Noviembre, me dió por un poeta sin rival, indiscutible, indeclinable, digno y capaz de vivir sin decadencia ni senectud los años matusalénicos; la redaccion de La Publicidad, en su número del 7, compuso su artículo de fondo con mi biografía encomiástica, y encuadró mi retrato en su primera página: y ¿cómo voy á corresponder á tan benévola acogida? ¿Enviando á Alonso del Real y á los redactores de La Publicidad, y á los de El Diluvio, y del Diari Catalá y de La Ilustracion Catalana, y El Correo Catalan, mis tarjetas ofreciéndoles mi casa y dándoles las Páscuas y acompañándolas con un pavo?—Tengo, pues, que encomendarme á Dios y al tiempo, que me deparen una ocasion de probarles mi agradecimiento; y ellos tendrán que darse por contentos y satisfechos con estas pocas y desaliñadas frases.
Pero hay algo más difícil aún de recibir y de aceptar que los escritos encómios: estos, al cabo, se leen á solas, y los que los han escrito no ven la cara que al leerlos pone aquel en loor de quien los escribieron. El Presidente del Ateneo, D. Manuel Angelon, me preparó una velada literaria: en ella hizo el Presidente de su seccion de literatura, Sr. Feliu y Codina, mi presentacion al Ateneo en un discurso floridísimo, durante el cual no sabia yo qué continencia tomar. El poeta D. Enrique Freixas, me dedicó unos endecasílabos, de cuyas ideas soy yo el único que no puede hacer mencion: el jóven Mata y Maneja, me probó que habia tomado por un género de poesía mis extravíos fantásticos y mis delirios métricos, en uno tan intrincado que me pareció mio; y por último, el Ateneo me regaló una magnífica medalla de plata, que no pude colocar en ningun bolsillo por temor de que con su peso me lo desgarrara.
La Sociedad «Romea» dió una funcion en obsequio mio, en el Teatro Catalan del mismo nombre y me ofreció una corona.
La Sociedad «Latorre» me dedicó otra, y otra la Sociedad «Cervantes;» y por fin, dióme la de «Romea» una segunda fiesta, poniendo en escena mi Sancho García; en cuya representacion pusieron los actores más esmero y dieron á la obra mia más relieve de los que acostumbran hoy los que por primeros se consideran; y me inundó el escenario de flores y de laureles.
El Sr. D. Santiago Vilar, en una velada de despedida, me presentó á los alumnos de su colegio, como modelo de yo no sé cuántas cosas: los niños pasaron la noche entera en recitar versos mios, lo que probaba que habian pasado un mes estudiándolos y pensando en mí; el Sr. Obispo de Avila me abrazó en público por los que yo recité; y no sé yo lo que pensar pudieron los espectadores que atestaban aquel salon de aquel abrazo episcopal, dado con cariñosa efusion al poeta más desatalentado del siglo. Presentáronme en un estuche una joya preciosa, primoroso ejemplar de cinceladura, en cuyo trabajo de argentería son estremados los artistas barceloneses; y despues de un refrigerio, necesario para reponer en los vasos linfáticos la saliva gastada en tan prolongada lectura, salimos de aquella conmovedora fiesta de la niñez, presidida por un ilustre prelado, á deshora de la noche, como viciosos que á su casa vuelven ruidosamente de madrugada, calmando la inquietud de su desvelada familia é interrumpiendo el tranquilo sueño de sus honrados vecinos[3].
A este mes entero de fiestas y regalos, no puede el viejo poeta corresponder más que apuntando rápidamente en este apéndice lo sucedido. He protestado mil veces contra mis públicas exhibiciones; pero Barcelona como Valencia, á manera de muchachas locas enamoradas de un viejo, han pedido á gritos mi presentacion en los teatros: he alegado los sesenta y cuatro años que me apocan y enronquecen, y Barcelona me ha dicho: «que no; que yo no tengo edad y que canto como un ruiseñor.» He tenido que acudir al Dr. Osío para que me azoara la glotis, y Barcelona ha escuchado como sonora y argentinamente timbrada mi voz perdida, y ha aplaudido frenética, como si nunca los hubiera oido, mis versos tan viejos como yo. A esta idea preconcebida, á este partido tomado, á este cariño maternal de Barcelona, ¿qué puedo, qué debo yo ofrecer en accion de gracias? Dejarme querer, y seguir trabajando en silencio, y en la duda afanosa de si la posteridad sancionará los aplausos, la predileccion y el juicio con que Barcelona me acepta y me recibe en su seno.