—¿No te gustan mis amigos?
—No.
—Pues hablemos de otra cosa; y me alegro de que tengas libres estas horas, que son para mí las más insoportables; ¡tardo tánto en conciliar el sueño!..
Hacia poco que le habia abandonado Teresa: yo ni la conocia, ni aun tenia por entónces conocimiento de que existiese: yo no conocia de la vida de Espronceda más que sus escritos; yo adoraba al poeta, y aun no conocia del hombre ni siquiera la persona, puesto que no le veia más que en el lecho donde le retenia su enfermedad.
Seguí pues yendo á visitarle despues de media noche.
Y de aquellas conversaciones á solas con Espronceda sí que podria yo hacer un libro; pero hay libros que no deben ser leidos hasta cuarenta años despues de escritos.
Espronceda y yo nos quisimos y nos estimamos siempre; pero nuestras diversas costumbres, áunque no las entibiaron, hicieron ménos frecuentes nuestras relaciones. Yo deserté el primero del cafetin del teatro del Príncipe, en donde nos juntábamos, y me pasé al de Sólito, con los Gil y Zárate, G. Gutierrez y otros, á quienes comenzó á importunar el elemento militar y político que se incrustó allí en el literario; y con motivo de mi primer matrimonio, del cual Espronceda no se atrevió á hablarme más que una vez, comprendió que el niño era ya hombre; y habiendo ya escrito El Cristo de la Vega y Margarita la Tornera, estimó al hombre como un hermano y al poeta como ingenio privilegiado que él era, y que no tenia nada que envidiar al mozo atrevido que osaba trepar á tientas al Parnaso.
Encerréme yo en mi casa y seguí produciendo libros: García Gutierrez me dió la mano para presentarme en la escena, ó más bien me sacó á ella en brazos, en un drama que escribimos juntos, y comencé la vida aislada y poco social que he llevado siempre. La gimnasia, que necesitaba mi sietemesina naturaleza, el tiro de pistola, que en tiempos tan revueltos no era inútil estudio, y los paseos á caballo por fuera de puertas, eran mis perennes entretenimientos; en medio de los cuales escribí once tomos de versos, de los cuales no he sabido jamás cuatro de memoria.
El Liceo concluyó entre tanto, saliendo sus sócios más notables para las embajadas, los ministerios y los destinos más importantes de la nacion: Mesonero Romanos se fué á su casa, cargado de memorias, y yo á la mia de coronas de papel recogidas en una funcion de obsequio que se me dió, y con un álbum en cuya primera hoja escribió S. M. la Reina D.ª Isabel. Tal fué el fin y el fruto que yo saqué del Liceo.
Salustiano Olózaga, á quien habia hecho emigrar mi padre cuando era superintendente general de policía, y que fué uno de mis mejores amigos, me ofreció la entrega de mis bienes paternos, que habian sido secuestrados; pero yo rehusé incautarme de ellos, creyendo que «pues habia abandonado mi casa, habia renunciado á mis derechos de hijo...» Olózaga vió que yo era un tonto: mi padre me lo dijo cuando volvió de su emigracion, y yo lo creo ahora que lo escribo. Mi quijotesco modo de ver las cosas y mi caballeresco desprendimiento no fué apreciado por nadie: mi padre me dijo que habia hecho mal en no aprovechar mi favor en el partido liberal, sacrificio que yo creia muy agradable á su intransigencia realista; mi extrañamiento de la sociedad y mi vida oscura de diario trabajo, no me procuró más amigos que el público; y como todos no son nadie, no tuve más amigo que mi trabajo; y como corriendo los tiempos cambian las aficiones y las predilecciones sociales, yo gané mucha fama con dos ó tres afortunadas obras, y llegué á la vejez como la cigarra de la fábula. Pero en mis famosas obras se revela la insensatez del muchacho falto de mundo y de ciencia, exento de todo sentido práctico, y jamás apoyado en principio alguno fijo.