Yo debia mi fama á mis inspiraciones románticas de Toledo.
Aquella gótica catedral, cuyas esculturas se habian levantado de sus sepulcros para venir á cruzar por mis romances y mis quintillas; aquel órgano y aquellas campanas que en ellos habian sonado; aquellos rosetones, capiteles y doseletes; aquellos cláustros católicos, aquellas mezquitas moriscas, aquellas sinagogas judías, aquel rio y aquellos puentes y aquellos alcázares que habian dado á mis repiqueteados y desiguales versos la vistosa apariencia de sus festonadas labores de imaginería y de crestería, no me habian merecido más que el desprecio de su antigüedad y la mofa de su perdida grandeza; y aquel pueblo, á cuyas costumbres, á cuyas tradiciones y á cuyas consejas debia yo todo el valor de mi poesía lírica y legendaria, no me mereció más que el epíteto de imbécil, en aquella estrofa, padron de mi infamia:
Hoy sólo tiene el gigantesco nombre,
parodia con que cubre su vergüenza:
parodia vil en que adivina el hombre
lo que Toledo la opulenta fué.
Tiene un templo sumido en una hondura,
dos puentes y entre ruinas y blasones
un alcázar sentado en una altura
y un pueblo imbécil que vegeta al pié.