¿Concibe V. poeta más necio y más ingrato, mi querido Velarde? ¿Por qué llamé yo imbécil al pueblo de Toledo? ¿Por que era religioso y legendario, y pretendia yo echármelas de incrédulo y de volteriano? Pues entónces, ¿por qué seguia buscando fama y favor con mi poema de María y con el carácter religioso y creyente de todas mis obras? Porque el imbécil era yo: y gracias á Dios que me ha dado tiempo, juicio y valor civil para reconocer y confesar públicamente en mi vejez mi juvenil imbecilidad.
En cuanto á mi ingratitud... por más que me avergüence y me humille tal confesion, no quiero morir sin hacerla. La muerte de Larra fué el orígen de mis versos leidos en el cementerio. Su cadáver llevó allí aquel público, dispuesto á ver en mí un génio salido del otro mundo á éste por el hoyo de su sepultura; sin las extrañas circunstancias de su muerte y de su entierro, hubiera yo quedado probablemente en la oscuridad, y tal vez muerto en la más abyecta miseria; y apenas me ví famoso, me descolgué diciendo un dia:
Nací como una planta corrompida
al borde de la tumba de un malvado, etc.
Hé aquí un insensato que insulta á un muerto, á quien debe la vida; que intenta deshonrar la memoria del muerto á quien debe el vivir honrado y aplaudido. ¿Concibe V., Sr. Velarde, un ente más ingrato ni más imbécil? Pues ese era yo en 1840; mezcla de incredulidad y supersticion, ejemplar inconcebible de progresista retrógrado, que ignoraba, por lo visto, hasta la acepcion de las palabras que escribia.
Han transcurrido treinta y nueve años: nadie ha venido jamás á pedirme cuenta de mis palabras, y aprovecho la primera, aunque tardía, ocasion que á la pluma se me viene, para dar á quien corresponde una satisfaccion espontánea y jamás por nadie exigida; quiero decir: á los toledanos de hoy y á los hijos de Larra.
Y en estas últimas líneas, con las que con V. corto mi correspondencia, fundo yo más vanidad, mi querido Velarde, y espero que halle V. más motivo de estimacion que en los cuarenta tomos de versos que lleva escritos el autor de D. Juan Tenorio.
VIII.
Abreviemos este relato, sobre el cual deseo pasar como sobre áscuas. Mis memorias son demasiado personales para inspirar interés, y demasiado íntimas para ser reveladas en vida: temo además que parezcan comezon de hablar de mí mismo, cuando siento un profundísimo anhelo y tengo perentoria necesidad de desaparecer de la escena literaria