á vivir en el olvido

y á morir en paz con Dios.

Corramos, pues, cuatro años en cuatro líneas. Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, despues de haber sido publicados en El Español y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara, emigró mi padre á Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí á mi editor D. Manuel Delgado, quien á vueltas de larguísimas é inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedia; es decir, jamás me lo dió en su casa, sinó que me lo envió siempre á la mia á la mañana siguiente del dia en que se lo pedí: parecia que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, ó que no queria dejarme ver que lo tenia en su casa, ó que no era dueño de emplearle sin consulta ó permiso prévio de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó á pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte á mi padre; pero era preciso trabajar mucho; y tan falto de ciencia como de tiempo, continué produciendo tántas líneas diarias cuantos reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las vanalidades que en ellas decia. Comprendiendo al fin que no era posible repicar y andar en la procesion, suprimí las amistades del café y las visitas de cumplimiento; y encerrándome en mi casa cerré su puerta á los ociosos y á los gorristas; quedándome reducido á la cariñosa amistad de Pastor Diaz, á la proteccion incondicional de Donoso Cortés, y á la sociedad de G. Gutierrez, á quien quise y quiero como á un hermano mayor, y á la de Fernando de la Vera, el corazon más leal y más constante de cuantos me han acordado su afecto y pasado cariñosamente por las desigualdades de mi carácter.

Años hemos pasado juntos y años sin vernos ni escribirnos; al volvernos á encontrar, Gutierrez desplega la misma sonrisa semi-séria con que nos despedimos hace treinta años, y Fernando de la Vera, de prodigiosa memoria, toma la conversacion donde la dejamos hace veinte. Yo admiro y saboreo aún los versos de G. Gutierrez, aunque ya él no me los lee, y Fernando de la Vera se admira de haber escrito los suyos, sin haber tenido jamás necesidad de escribirlos. Los Villa-Hermosa habian desaparecido de Madrid; y cuando yo leia mis versos en las sesiones del Liceo, en los salones de su palacio, esperaba siempre ver aparecer por detrás de algun tapiz la severa figura del viejo duque, que me perdonaba las muchachadas que le enojaron, ó la pálida hermosura de la duquesa, que tengo aún en las pupilas como la imágen de la duquesa de quien habla Cervantes, ó la faz, en fin, semi-burlona del actual duque, que venia á decirme: «Mira cómo te regocijas en mi casa, como si estuvieras en la tuya.» Los Madrazos se habian dividido en muchas familias, y Espronceda entre sus ruidosos amigos me llamaba el viejo de veinticuatro años.

Pero era preciso vivir, y para vivir era forzoso trabajar. La casualidad, que es la providencia de los españoles, y la debilidad de García Gutierrez para conmigo, me abrieron campo más ancho, franqueándome la escena, cuando más necesitaba variar y acrecentar mis medios de accion y de subsistencia.

No recuerdo por qué ni cómo, porque aún no conocia el teatro por dentro, habia quedado Madrid aquel verano sin compañía dramática alguna, ni por qué ni cómo andaban por las provincias Matilde, los Romeas y los empresarios habituales de sus coliseos: el hecho era que desde fines de Mayo actuaba en el del Príncipe una sociedad improvisada, bajo un programa tan modesto que no anunciaba más pretensiones que la de no dejar al público de Madrid sin ningun espectáculo. Componíanla García Luna, Juan Lombía, Pedro Lopez, Alverá, Bárbara y Teodora Lamadrid, la Llorente, la Puerta como graciosa, Azcona, Monreal y media docena de bailarinas. Luna y la Bárbara eran ya actores de reputacion; Azcona y la Llorente eran resto de las buenas compañías de Grimaldi: Breton no habia aún escrito para Lombía El pelo de la dehesa, y no habia tenido aún tiempo Teodora de abordar los grandes papeles. Una mañana de Junio, miércoles ántes de un Corpus Christi, pasaba yo por la calle Mayor, de vuelta de casa de Delgado, á quien no habia podido ver; acordéme de que hacia más de un mes que no veia á G. Gutierrez, que habitaba en un piso principal de los soportales, y me ocurrió verle y ver si él me procuraba el dinero que de Delgado no habia obtenido. Colocaban los operarios del municipio el toldo para la procesion del dia siguiente; y como yo anduviese por entónces muy dado á la gimnasia, para fortalecer el brazo izquierdo que me habia roto de muchacho, y como dos cuerdas del toldo colgasen hasta la calle, aseguradas en el balcon de G. Gutierrez, trepé á su aposento por tan inusitado camino, encontrándole todavía acostado, á pesar de ser cerca de medio dia. Nuestra conversacion no fué muy larga.

—¿Qué tienes? ¿Por qué estás aún en la cama?

—Porque me aburro: y tú, ¿qué traes?

—Mohina por no haber encontrado á Delgado en casa.

—¿Necesitas dinero?