—¿Cuándo no?
—Pues dos dias hace que estoy yo aquí discurriendo de dónde sacar dos mil reales.
—¡Pero, hombre, tú, con ofrecer una obra al teatro!..
—No tengo más que medio acto de un drama.
—Pues yo te ayudaré; y haciendo en tres dias tres actos cortos, yo me encargo de sacarle á Delgado el precio del derecho de impresion, y tú puedes tomar los de representacion de la compañía del Príncipe, que verá el cielo abierto de tener en Junio un drama del autor del Trovador.
Hice á Gutierrez oferta tal, sin pesar más que mi buen deseo, y aceptóla él sin pensar en mi inexperiencia del arte dramático, ni la distancia que entre él y yo mediaba. Convinimos en que él me escribiria el plan de su obra y vendria á las cuatro á comer con mi familia, para repartirnos el trabajo. Hízolo así Gutierrez; leyóme las dos primeras escenas que tenia escritas: tocóme á mí escribir el acto segundo, y nos despedimos al anochecer para juntarnos el jueves á las cuatro, á examinar el trabajo por ambos hecho en la noche. El jueves me trajo dos escenas más, y leíle yo todo el acto segundo. Asombróle mi trabajo y esclamó:—¡Demonio! ¿Cómo has hecho eso?—Pues poniéndome á trabajar ayer en cuanto te fuiste, y no habiéndolo dejado ni para dormir, ni para almorzar.
Fuése picado, y concluyó su primer acto en aquella noche: el viernes concluimos cada cual la mitad del tercero que le tocó: el sábado lo copié yo, el domingo lo presentó él al teatro y cobró tres mil reales, y el lunes cobré yo otros tres mil de Delgado... y no siguió aburriéndose García Gutierrez, y envié yo á mi padre dos mensualidades, y ganosos los actores de complacer al público, y éste de recompensarles su buena voluntad, se representó y se aplaudió el drama Juan Dándolo; en cuyo apellido esdrújulo veneciano cargamos nosotros el acento en su segunda sílaba, por razones que no hay necesidad de aducir: y cátenme ya autor dramático por gracia de García Gutierrez, que me aceptó en él por su colaborador.
Mi innata é inconsciente audacia me arrastró á escribir inmediatamente mi Cada cual con su razon, en cuya comedia atropellé la historia, clavándole á Felipe IV un hijo como una banderilla; pero la limpia y armoniosa diccion de Bárbara Lamadrid, la intencionada representacion de García Luna, el empeño de Lombía, el esmero de Alverá en ensayar como profesor de esgrima el duelo á cuatro con espada y daga del primer acto, el discreteo galan de algunas escenas, y mi insolente fortuna sobre todo, hicieron parecer un éxito la benevolencia del público con el atrevido mozalvete, autor de aquel afiligranado desatino.
«A mí que las vendo,» me dije: y á los dos meses presenté mis Aventuras de una noche, comedia en la cual levanté un chichon histórico á don Pedro de Peralta y otro al príncipe de Viana. Al infantil enredo de esta mi segunda comedia dieron un alto relieve la Bárbara y la Llorente: y á fin de año dí mi primera parte de El Zapatero y el Rey, en cuyo drama hizo Luna maravillas, y yo una conjuracion de muchachos de colegio, que no hay narices con que admirar; pero en cuyo argumento hay realmente el gérmen de un drama.