Quedéme yo con la libranza delante de los ojos, el verano delante de mí y detrás de mí los siete individuos de mi familia; y el ministro de Estado en los baños, y el de Fomento en sus haciendas, y el Sr. Cánovas mi amparador en Cotterets, y en Francia mi paño de lágrimas el Capitan General Jovellar; quien en tales casos molesta por mí á todos los ministros, y no pierde ocasion ni perdona empeño por sacarme del mio. La moda, que deja á Madrid desierto durante el verano, me dejaba á mí en Madrid como en medio del Sahara: la tierra bajo mis piés, el cielo sobre mi cabeza, mi esperanza en Dios, y Dios tras el velo azul del aire; que es impenetrable cortinaje del pabellon que le guarda de las miradas de los hombres. ¿Cómo pasé yo aquellos tres meses?
No puedo hacer al tiempo volver atrás: no puedo quitarme de encima ni uno solo de mis sesenta y cuatro años: no puedo hacer volver á mis manos el capital pagado por las deudas de mi herencia paterna, ni lo por mí gastado en vivir bien ó mal: no puedo rescindir los contratos de venta de mi Don Juan ni de mi Zapatero y el Rey, escritos cuando la ley de propiedad no existia: esta ley no tiene efecto retroactivo ni protege mi propiedad por lesion enorme: y no puedo pedir limosna en España, sinó poniéndome al pecho un cartel que diga: «este es el autor de Don Juan Tenorio, que mantiene en la primera quincena de Noviembre todos los teatros de verso de España y América;»—pero para esto seria preciso que yo esplicase cómo el autor de tal obra podia pedir limosna; cosa muy fácil de esplicar, pero muy difícil de comprender.
Antes de pedirla escribí á mis editores de Barcelona, los Sres. Montaner y Simon, dándoles cuenta de la suspension de mi sueldo y pidiéndoles trabajo en su casa. Los Sres. Montaner y Simon me contestaron que «los editores no tenian en su casa trabajo digno de mí: pero que los amigos me enviaban adjunta una letra contra su corresponsal.» El Arzobispo de Valencia, de cuya ciudad soy hijo adoptivo, partió conmigo la limosna de sus pobres; el empresario del Teatro Español me ofreció una cantidad que jamás pude cobrar en contaduría; y al volver á Madrid el Sr. Conde de Toreno, ministro de Fomento, me presenté en su antecámara, en la cual no me detuvo ni un minuto. Expúsele en dos palabras mi posicion: asombróse de ella, confesándome que estaba muy léjos de imaginársela tal; y prometiéndome exponerla en consejo de ministros, en la primera ocasion, me dió cita para el dia siguiente en el gabinete del señor Cárdenas, Subsecretario, con quien iba inmediatamente á consultar un medio de venir en mi auxilio. Al dia siguiente el Sr. Cárdenas, con una delicadeza y un tacto que no podré jamás olvidar, me dijo: «que el señor Conde de Toreno, sabiendo que para continuar ciertos trabajos legendarios en que me ocupaba, necesitaria hacer algun viaje á alguna biblioteca ó archivo de provincia, me daba por su mano una pequeñez para ayuda de gastos,» y puso en la mia un bono de dos mil pesetas contra el Tesoro.
Pero miéntras todas estas cosas pasaban, habia pasado otra, principal engendradora, orígen y causa más inmediatos de la confeccion de lo en este libro compaginado. El Sr. D. Federico Balart, á quien suelo pedir opinion y consejos sobre mis obras ántes de publicarlas, y á quien voy ahora muchas veces á distraer de una mortal pesadumbre con mi escéntrica conversacion y mis ideas estrafalarias, habia ido á hablar en mi favor al propietario de El Imparcial. El Excmo. Sr. D. Eduardo Gasset y Artime me abrió su casa, sus brazos y las columnas del Lúnes de su periódico, pagándome mis artículos en más de lo que valen; el Sr. Ortega Munilla, Director de los Lúnes, me hizo la distincion de colocármelos inmediatamente despues de su semanal revista, y en la redaccion de El Imparcial encontré una nueva familia, que aceptó mi compañía con cariño tan afectuoso y tan respetuosa cordialidad, que me hicieron subir á los ojos dos lágrimas de gratitud, que no pudieron ya sostener las ralas hebras que me restan de mis ántes espesas pestañas.
Miéntras, gracias al Sr. Gasset y Artime, volvia á contar con el pan cotidiano, pasó al ministerio de Estado el señor Conde de Toreno, volvió del extranjero el Sr. Presidente del Consejo de ministros, y falleció el del Congreso, Adelardo Lopez de Ayala.—Pocos dias despues del entierro de éste, el Sr. Cánovas del Castillo, cuya casa he tenido siempre abierta y cuya amistad nunca se ha desmentido, me envió una carta para el ministro de Estado; á cuya presentacion el Sr. Conde de Toreno me dijo: «por el correo de hoy va á Roma la órden de continuar pagando á V. su sueldo; pero tengo el sentimiento de haber tenido que mermar de él doce mil reales, por que las economías ya hechas en la Administracion de los Lugares Píos, no me han permitido devolverle los treinta y seis mil reales que ántes cobraba.»—Recibí con gratitud lo que se me daba, y me volví á mi casa, no ya como ántes resuelto
á vivir en el olvido
y á morir en paz con Dios,
como mi edad y la conveniencia de retirarme ya de la arena literaria me lo exigian, sinó decidido por necesidad á luchar otra vez con la vida y á morir sobre el trabajo; á lo que parece que me condenan mis viejos pecados y las nuevas economías de los Lugares Píos. Ya varias veces en algunos periódicos, que no sé por qué me son hostiles, se me ha echado en cara el no saber retirarme á tiempo; pero no me han dicho á dónde; puesto que saben que no puedo retirarme á un monasterio. Ya me habia yo retirado á mi casa, y hacia ya año y medio que rehusaba presentarme hasta en el ateneo, donde tántas consideraciones se me han tenido y tántos aplausos se me han prodigado: pero al retirarme el gobierno el sueldo con que únicamente podia retirarme como se me aconsejaba, tuve yo por mejor consejo volver al trabajo y vivir honradamente de él miéntras con él sustentarme pueda, que dejarme morir de inanicion y de pesadumbre por dar gusto á los ya no le tienen de que viva yo entre la gente, porque conceptúan que sesenta y cuatro años son demasiada larga vida para un hombre á quien aun hay algunos que estiman y aplauden.
Pero juguemos limpio y hablemos claro por última vez. Yo no he pedido amparo al gobierno para mi vejez alegando mérito alguno en mis obras, ni yo he dicho á la nacion ni al gobierno que tuviesen obligacion de ampararme: no: pero he propuesto esta cuestion.—«Mis obras, que son tan malas como afortunadas, han enriquecido á muchos, y mi Don Juan mantiene en el mes de Octubre todos los teatros de España y las Américas Españolas, ¿es justo que el que mantiene á tantos muera en el hospital ó en el manicomio, por haber producido su Don Juan en tiempo en que aun no existia la ley de propiedad literaria?»
Y el gobierno ante quien espuse esta cuestion me subvencionó sobre los fondos de los Lugares Píos españoles en Roma, y mi subvencion tiene el carácter piadoso y de limosna con el que yo la pedí, sin que por ello me crea ni deshonrado ni humillado: y miéntras con ella he vivido, en lugar de echarme á dormir sobre mis doradas pajas, he entregado concluido en 1873 á los editores Montaner y Simon mi leyenda del Cid que consta de diez y nueve mil versos, y mi leyenda de los Tenorios que tiene ocho mil; y hoy cuando lo que de mi subvencion me resta no me basta por la posicion en que mi reputacion me coloca, recojo los últimos destellos de mi decadente ingenio, los últimos alientos de mis cansados pulmones, y los últimos átomos de honra y de brío que en el corazon me restan, y me arrojo otra vez en los brazos del trabajo, en vez de arrojarme por el balcon, ó en el fango de la holgazanería á quejarme de la nacion y de sus gobiernos, á quienes no alcanza ni obligacion ni responsabilidad alguna en la posicion en que me han colocado mis circunstancias personales y mis negocios de familia.