Díme, pues, al trabajo, y entré en el del periodismo; que es el más rudo por ser el más perentorio y asíduo, el más expuesto á la crítica y el más coartado y riesgoso por la estrechez de la ley de imprenta, que suele tener que regir en nuestro inquieto país; y siguiendo á medias por no poderlo seguir por entero el consejo de los que retirarme me aconsejaban, me retiré al segundo recinto del alcázar de las Bellas Letras, descendí de sus salones de su piso principal á su piso bajo con puerta y vistas al patio; es decir, que me retiré del gremio de los poetas y renunciando á la poesía, me despedí del público de Madrid en un romance cuyos versos son los últimos que he escrito, no volví á presentarme como versificador ni como lector en acto alguno público y anuncié que iba á escribir en prosa; comenzando á devanarme los sesos en discurrir cómo servir con mi prosa los intereses del Sr. Gasset y Artime, y algun manjar no indigesto á los suscritores de El Imparcial.

La primera carta del bravo Velarde me dió pié para contar lo pasado en el cementerio al borde de la tumba de Larra: y por este recuerdo, como quien tira de un hilo de una madeja enredada, fuí yo tirando de mis pobres recuerdos del tiempo viejo, hasta formar con ellos el mal devanado ovillo de lo contenido en este libro.—Viejo é ignorante, no supe escribir más que mis personales memorias: los lectores de El Imparcial, tal vez sorprendidos de leerme en prosa, tal vez pagados de la anticuada construccion de la mia, y acaso más que de lo que yo en ella decia, de la ingenuidad algo infantil con que yo lo iba diciendo, encontraron entretenidos mis artículos del TIEMPO VIEJO: unos porque refrescaban los suyos, y otros porque no habiendo alcanzado la época de que en ellos hablo, ó lo que en ellos traigo á cuento ignoraban, ó lo habian oido contar de muy diferente modo.

Como quiera que fuere, miéntras los publicaba en el periódico, recibí varias cartas, unas anónimas y otras firmadas, en las cuales algunos me aconsejaban que coleccionase mis artículos; y el Sr. Gasset y Artime, renunciando generosamente en mi favor sus derechos á la propiedad de mi por él tan bien pagado trabajo, me otorgó omnímoda y perpétua facultad para hacer de él lo que más me conviniera.—El Sr. Ortega Munilla se ofreció espontáneamente á ayudarme en tal publicacion y se ocupaba ya de sus preliminares pormenores, cuando ocurrieron á la par su desastrada caida del caballo y mi impensado viaje á Barcelona: cuyos dos imprevistos acontecimientos me obligan á publicar este libro en la capital del Principado y no en la coronada villa.

Pero ¿por qué? ¿A qué vine yo á Barcelona por siete dias y por qué me quedo en ella por siete meses?

En uno y medio que en ella llevo no he tenido tiempo hasta hoy de hacerme tal pregunta, y voy á ver si averiguo alguna razon que me sirva de respuesta.

A pesar de mi necesidad de descanso, de la tenacidad con que há cerca de dos años que rehuso toda invitacion á presentarme en público, y á pesar, en fin, de mi deseo de complacer á los que me dicen «retírese V.», es decir, «quítese V. de en medio», aun hay algunos que recordando mis mejores años y olvidando los transcurridos, me buscan y me solicitan con la vana ilusion de que aun puedo, como en otro tiempo, cooperar en beneficio de sus empresas; y el país en donde por mí se conservan mas ilusiones y simpatías es en Cataluña y sobre todo en Barcelona. Así que el 27 de Octubre próximo pasado el empresario y el director de la compañía de verso del teatro Principal de esta ciudad me ofrecieron una indemnizacion por gastos de viaje, si emprendia uno para enderezar y poner derecho sobre la escena á mi buen Don Juan Tenorio; quien no sé por qué no queria tenerse este año muy en equilibrio. Tenia yo que abocarme con mis editores Montaner y Simon, para tratar de poner tambien en pié de imprenta á mi valiente Burgalés Rodrigo Diaz, que agarrado al pupitre de mis editores, parece que tampoco quiere dejarse meter en prensa; y con la esperanza de matar dos pájaros de una pedrada, acepté la proposicion del viaje á Barcelona; pero miéntras la libranza del empresario llegaba á Madrid, y ciertos asuntos de mi jóven amigo el pintor Padró, que debia de acompañarme, se allanaban, se perdieron cuarenta y ocho horas y llegué yo tarde para enderezar á mi rebelde y voluntarioso Don Juan, y aún no he tenido tiempo para tener cinco minutos de conversacion con mis editores del Cid; porque el pueblo Barcelonés, que no me habia olvidado en los once años que he pasado ausente de Cataluña, que se acordaba de que en Barcelona habia yo tenido casa, y me habia recasado en su parroquia de Santa Ana, y le habia leido muchos versos y me habia dado muchas fiestas, en las cuales habia yo procurado derramar toda la espansiva alegría de mi corazon de muchacho y toda la poesía de mi desordenada imaginacion de loco, creyendo que para mí el tiempo no habia pasado y que no habian pasado por él ni por mí los once años transcurridos, se empeñó en pedirme, como quien pide peras al olmo, que hiciera y le dijera lo que para él habia hecho y dicho cuando, con once años ménos, aún tenia once partes de aliento más. Echó á un lado á mi pobre Don Juan, y poniéndome en lugar suyo sobre la escena, oyó mi palabra ronca con la cariñosa atencion de una madre que escucha la respiracion de su hijo que duerme; me colmó de aplausos, me coronó de flores, no me dejó ni dormir ni trabajar á fuerza de obsequios y convites; sus periódicos publicaron mi retrato, las sociedades literarias se apoderaron de mí y enfloraron el teatro catalan para escucharme; el Ateneo me dió una velada y una primorosa medalla, y los Sucesores de Ramirez pusieron á mi disposicion su magnífico establecimiento tipográfico; y esta vuelta mia á Cataluña fué la vuelta del hijo pródigo al paterno hogar, y el pueblo Barcelonés me dijo: «Sorrilla, parla, enrahona: ets á casa teva;» y cayó en gracia cuanto hice y dije, y se me abrieron todas las puertas y me recibieron como á hermano en todas las familias: y hé aquí cómo y por qué se imprimen en Barcelona estos mis RECUERDOS DEL TIEMPO VIEJO.

En ellos repito y amplifico lo que en este prólogo apunto: ni se hasta dónde con ellos iré á parar, ni me detendrá en mi marcha el temor de encontrarme al fin de ella cara á cara con mis contemporáneos, despues de haberme juzgado á mí mismo y á los que conmigo abrieron las puertas á la revolucion política y literaria del primer tercio de nuestra centuria. La ingenuidad infantil y la sincera buena fé con que hasta aquí los he escrito, creo que garantizan mi leal veracidad para el porvenir: pero una vez que Dios prolonga mi vida hasta los actuales y corrientes dias, á ellos pertenezco aún y en ellos voy á vivir y de ellos voy á hablar y en ellos voy á meter mi baza y voy por ellos á trabajar como trabajé por los pasados; y espero en Dios que este trabajo no me deshonrará, porque fio en la justicia de mi pueblo español que me rodeará del respeto á que siempre ha considerado acreedor á quien envejece y muere sobre el trabajo, por no sucumbir á la miseria y deshonrarse en la haraganería vergonzosa de los ingenios vergonzantes por holgazanes.

Para no hacer de estos recuerdos un libro demasiado voluminoso, y en tan pequeños caractéres impreso que resulte tan difícil como enojoso de leer y de tener en las manos, lo he dividido en dos tomos pequeños. No teniendo además la vanidad de creer que este miserable y prosáico engendro mio, sea para mí la gallina de los huevos de oro, y deseando saber el número de ejemplares que necesito para mis lectores, y por el pedido del primero regular la tirada del segundo, suplico á mis suscriptores que hagan la suscripcion al segundo al recibir ó comprar el primero, en el recibo que le acompaña.

El tomo II llevará un apéndice nuevo en verso y prosa; y toda la obra corregida y ampliada como permite el libro y no admite el periódico, va dedicada al mas moderno y al mejor y mas bravo de mis amigos.