En cuyo cuentecillo quedábamos mal todos los españoles de Méjico: los del Casino por haber hecho mal mi drama, y yo por hacerlo peor con ellos en semejante epígrama.

Ni es mio, ni en aquella ocasion pudiera habérseme ocurrido; pero me le ha recordado la última representacion que he visto en Madrid de mi pobre Puñal del godo.


XVI.
LOS DOS VIREYES.

Suum cuique.

Este drama está ya olvidado del público de Madrid, y apenas si se representa alguna vez en provincias, afortunadamente para mi honra.

De él se ocupó la crítica muy somera aunque muy ágriamente, y tuvo razon: es la más miserable rapsodia representada en el teatro moderno; y si andando el tiempo algun curioso bibliómano ó algun crítico investigador tropezaran con ella en algun juicio retrospectivo, seguramente exclamarian con asombro: «¡Cómo diablos fué posible que aquel poeta escribiera esto!»

Y no puedo negar que lo escribí, y es lo peor que al afirmarlo no me avergüenzo de haberlo escrito; materialmente escrito, porque el argumento, la forma y las escenas en prosa, no son mios: están rastreramente cogidos y literalmente copiadas de una mala novelucha de un autor italiano engerto en francés, á quien todo París literario y artístico ha conocido, pero cuya reputacion no ha llegado á España: la novelucha se titulaba El virey de Nápoles, y su autor se llamaba Pietro Angelo Fiorentino.

¿Cómo llegó á mis manos esta novela? ¿Quién me puso en mientes transformarla en drama, copiando en él servilmente los amanerados diálogos de su falso relato y sin curarme de corregir sus errores históricos, ni de dar á mis personajes otro carácter más acusado y dramático, más verdadero y más español?