Es una historia que debia de quedar para contada despues de mi muerte; pero que se me antoja contar en vida, porque nada hay en ella que no abone mi lealtad de amigo y mi buena fé de hombre honrado; porque no quiero que piense ninguno de los que en mi tiempo viven que temo abordar en mis RECUERDOS DEL TIEMPO VIEJO ninguna cuestion personal sobre el pasado que no vieron, y porque no quiero cargar para el porvenir con culpas que no fueron mias. En cuanto á mi reputacion literaria, confieso que no me trae con mucho cuidado; porque sólo la posteridad depura y acrisola lo que vale la fama adquirida en vida por un autor de loca fortuna ó de gran favor entre los profesores de bombo; y tengo yo para mí, aunque pese á los pocos amigos que me quedan, que más me va á honrar despues de mi muerte, la sinceridad con que reconozco la escasa valia y los defectos de mis obras, que el haberlas escrito; y digo sinceridad, por no atreverme á decir modestia; virtud que creo que no existe ya en España y que es un capital que... quien lo pone lo pierde: sabiendo lo cual, aunque lo tuviera no lo pondria yo.

No quiero, sin embargo, que mis amigos renieguen de mí, tomando mi sinceridad por hipocresía; y voy á decirles de paso, y áun á peligro de que en vez de hipócrita me crean vanaglorioso, que tengo cierta conciencia de mí mismo, teniendo por bien hecho y por valioso algo de lo por mí hecho: mi Cristo de la Vega, mi Capitan Montoya y mi Margarita la tornera, son tres leyendas muy imitadas, pero no corregidas áun por otro poeta mejor narrador, ó más legendario y tradicional; y Dios y el tiempo nuevo me perdonen mi pretension de creer que me dan derecho á tenerme por legendario buen narrador. Por poeta dramático no me tuve jamás, y sólo puedo presentar sin vergüenza los dos primeros actos de Traidor, inconfeso y mártir y la segunda mitad del tercero y primera del cuarto de El Zapatero y el Rey; lo cual no es tánto que sirva para bravear, ni tan poco que me humille y me cierre las puertas del teatro; y en cuanto á mis poesías líricas... ¡ay de mí! no son más que hojarasca; y en ellas hay muchas hojillas verdes y algunas florecillas frescas, pero cuando el tiempo seque tal hojarasca, poca sombra dará á mi fama el follaje que deje su soplo en las pobres ramas del laurel de mi gloria.

Volvamos á la historia de mis Dos vireyes.

Habia en 1838 y 39 una tienda de gorras en la Puerta del Sol, cuya dueña, honradísima mujer, tenia un hermano menor que de ella dependia y que era taquígrafo de las Córtes. Alto, desgarbado, de pesados movimientos, modales vulgares y saltones ojos, era en su exterior el tipo de la honradez, y en sus características manifestaciones la expresion de la buena fé.

No recuerdo cómo, ni por quién, tropezó y comenzó á juntarse conmigo; pero ello es que paró en ser mi inseparable sombra, y que no pasaba dia que no pasara conmigo y en mi casa las horas que su ocupacion de taquígrafo le dejaba libres. Alababa todo lo que yo hacia, celebraba todas mis escentricidades de poeta y mis niñerías de muchacho; y como si en mi cronista se hubiese constituido, propalaba y encomiaba por donde quiera mis hechos y mis dichos, clasificándolos todos entre los más chistosos y originales del mundo; lo cual contribuia más que á mi buena fama á procurarle á él la de mi único amigo, confidente único de los secretos del muchacho que iba haciéndose popular.

Llevaba yo por entónces, como he llevado siempre, una vida aislada, que me ha obligado á llevar el trabajo necesario á mi subsistencia y mi poca simpatía por las banalidades que forman base de la vida social de Madrid. Las visitas inútiles, las relaciones superficiales y los convites sin cariño, han sido cosas que no he aceptado jamás en mis costumbres: y he preferido siempre para mis alegrías y expansiones el interior modesto de mi pobre hogar, al suntuoso salon y la opípara mesa del opulento y millonario anfitrion. Mi idea fija era hacer famoso el nombre de mi padre, para que éste, volviéndome á abrir sus brazos, me volviera á recibir para morir juntos en nuestra casa solariega de Castilla; única ambicion mia y único bien que Dios no ha querido concederme. Bajo esta idea huí siempre de la sociedad política y rechacé el favor y la proteccion de los gobiernos, á quienes no pudo ligarme nunca compromiso alguno personal; mi padre era realista, tuvo que irse con el infante D. Cárlos María Isidro á las Provincias Vascongadas y que emigrar á Francia un mes ántes del convenio de Vergara; y puse mi empeño en probarle, que la fama que yo habia dado á su apellido, la debia sólo al trabajo y al favor del pueblo, no á haber vendido mi pluma á un partido contrario á sus opiniones; y sin cuya revolucion no hubiera yo, sin embargo, tenido una prensa en que publicar los versos que me hicieron popular.

Pasábame, pues, la vida en mi casa dado á mi asíduo trabajo, del cual descansaba y me distraia en el tiro de pistola y en el circo de la plaza del Rey; mis dos únicos vicios, porque en vicio les constituia mi diaria presencia en el tiro y en el circo, donde constantemente me acompañaba X el taquígrafo, tosco eslabon humano que con la humana sociedad me encadenaba. X no tiraba; juzgaba de los tiros, convenia las apuestas, aplaudia los triunfos, y tomaba parte muy principal en los almuerzos en que las ganancias se invertian. Mr. Arnaud, el propietario del tiro, tenia para su establecimiento el reclamo de nuestra fama, y en el actor Monreal, en D. Juan Valleras y en mí, tres seguros mantenedores de las apuestas que él con extranjeros generalmente entablaba, y que el bueno de X con él organizaba y llevaba á cabo; almorzando siempre, como árbitro y adlátere mio, con los vencidos y los vencedores.

No puedo resistir al deseo de consagrar aquí cuatro renglones al recuerdo de aquellos viejos compañeros de mis juveniles aficiones.

Monreal era un actor inimitable en lo que entónces se llamaba papeles de traidor: era un segundo sin primero y un tirador de pistola de primera fuerza; pero habia que fiarle en las apuestas los primeros tiros; porque era tan orgulloso, que el primero perdido le hacia perder la serenidad á impulsos del amor propio que le devoraba. Juanito Valleras era un gaditano de 24 años, fino y esbelto como un galgo inglés, caballeroso y leal hasta el recorte de las uñas, andaluz hasta la médula de los huesos, y tan incapaz de hacer una villanía como de soltar una gracia agresiva ni de mal tono. Era el primer tirador de entónces; tiraba por vanidad, y daba siempre la mitad del valor de cada tiro al francés Arnaud, porque no se convalachara con ningun tirador paisano suyo para desigualar la carga ó las ventajas de las apuestas. Con Valleras y conmigo llevaba Arnaud el 50 por 100 de cuanto en ellas se atravesaba; y el tiro de apuesta de Valleras eran nueve balas colgadas á nueve distintas alturas, que debian casarse con las de nueve tiros sin interrupcion; y rara vez le faltaba una por casar. De su hidalguía es prueba irrechazable el hecho siguiente:

El francés Arnaud andaba siempre á caza de ingleses con quienes empeñarnos en apuestas de tiro, y dió una vez con unos que nos invitaron al del encargado de negocios de Dinamarca, que le tenia precioso en su jardin de la casa de la calle del Barquillo, residencia de su embajada. Los ingleses lo eran de pura raza, y nos recibieron como gentes de la mejor sociedad, prévia la más irrecusable presentacion. Tiraban con unas magníficas pistolas belgas, tres pulgadas más largas que las nuestras: fiáronse á la suerte todas las condiciones, y tocó á cada cual el derecho de usar de sus propias armas. Durante los preliminares, Monreal y X fijaron su atencion en un inglés viejo, que sentado á la cabeza del tiro tenia un groom de pié á su espalda y un gran saco á sus piés: era sin duda un maniaco apostador.—«¡Ojo al saco!» dijo por lo bajo X;—y una mirada furtiva de Mr. Arnaud nos probó á Valleras y á mí que el francés habia tramado aquella conjuracion contra el saco del inglés. Tocó á los de Albion tirar los primeros; pusieron por primer blanco un huevo á treinta pasos: tiró el primer inglés, é hizo blanco: tiró el segundo con igual acierto; y hecho lo mismo por el tercero, nos tocó nuestro turno á los españoles. Valleras permaneció impasible, apoyada la mano derecha en el pilar de la barandilla, para tener la muñeca libre de sangre y el pulso tranquilo; pero invitado por uno de los ingleses á hacer su tiro, dijo tranquilamente: «Mis compañeros y yo no hacemos ese tiro.»