Mr. Arnaud se mordió los labios, yo sentí palidecer mis mejillas, y los ingleses echaron sobre nosotros una mirada de compasion acompañada de una sonrisa, en la cual su esmerada educacion no llegó á marcar el desprecio. Valleras, sacando un puñado de monedas de á ochenta reales isabelinas y recientemente acuñadas, mandó al criado poner una en el blanco apoyada en el tapon de corcho tendido. Tomó su pistola, y pasándosela á Monreal para el primer tiro, dijo á los ingleses: «Nuestro tiro no pasa nunca de este tamaño.» El blanco se veia mal, porque no era blanco sinó amarillo, y á treinta pasos sólo lo veia un ojo de tirador; tiró Monreal y quitó la moneda; puso el criado otra, y Valleras me pasó la pistola con que él tiraba; puse yo mi alma en mi dedo índice, é hice blanco; Valleras dijo: «Yo no tiro eso: cuelgue V. mis nueve balas.» Valleras hizo su tiro; los ingleses saludaron respetuosamente, y el del saco se le entregó al groom, que desapareció con él. La apuesta paró en un refresco y en un puñado de monedas que Valleras y los ingleses dieron á Mr. Arnaud; y cuando á la mañana siguiente, al volvernos á reunir en el tiro de éste, argüia á Valleras por no haberse dejado ganar los primeros tiros para engrosar las puestas, Valleras contestó con su desenfado andaluz: «Mr. Arnaud, si V. habia pensado que nuestro blanco fuese el saco del inglés, hizo V. mal en pensar en nosotros para sostener tal apuesta.»

Valleras murió dos años despues, de una afeccion pulmonar; Monreal se metió una noche la bala de su último tiro en el cerebro... y yo abandoné el tiro, cuando mis compañeros abandonaron el mundo.

Al montar Ignacio Boix su librería en la calle de Carretas, dando á este ramo de comercio una forma y un impulso hasta entónces inusitado en España, X se ingirió en su casa como administrador, ya con ciertas pretensiones literarias, como amigo y conjunto inseparable mio: Boix aceptó la literatura de X bajo su palabra: dióse éste á escribir algunos artículos en El Pensamiento, semanario que Boix fundó: ganóse X la confianza de éste como habia ganado la mia, y Boix le comisionó para ir á establecer en Cuba y Méjico dos sucursales de su casa de Madrid.

Hé aquí el talento y la historia de las medianías que saben no desperdiciar la sombra de la más pequeña hoja que puede dársela: X empezó por adherirse á la pequeñísima sombra que mi pequeñísima persona comenzaba á proyectar: cobijóse despues á la sombra de mi casa: recogió como reliquias todos los borradores de mis manuscritos y todos los más íntimos pormenores de mi vida; y, al cabo de dos años, salió para Cuba, agente de la primera casa de librería, con mejor porvenir que yo, y con el manuscrito inédito de mi leyenda de El capitan Montoya, de la cual hizo cuatro ediciones en la Habana y Méjico, acompañándola de una biografía del autor su grande amigo, cuyo nombre iba con el suyo en la primera página, viva representacion de mi personalidad: segundo yo en aquellos países, que no pensaba yo entónces visitar despues de él, ni X pensaba que yo en ellos habia de hallar más tarde la huella de sus pasos. Volvió á Madrid en 1842, trájome grandes noticias de mi gran fama por aquellos países y del éxito fabuloso de mi Capitan Montoya; pero ni á él le ocurrió darme, ni á mí pedírsela, cuenta de lo que sus cuatro ediciones habian producido. Entre amigos...

Entre tanto habia yo tenido un poco de fortuna en el teatro con mi Cada cual con su razon y las dos partes de El Zapatero y el Rey, y X me habia dado á leer aquella novelilla de Pietro Angelo Fiorentino, que habia traducido y publicado allá en compañía de mi Capitan Montoya y bajo las mismas bases de lucro para Pietro Angelo que para mí. Celebróme mi bienandanza teatral: y anudando naturalmente su antigua intimidad conmigo, siguió acompañándome á los ensayos en el escenario y á mi mujer en mi palco en las representaciones... y un dia me preguntó que qué me parecia su novela de El virey de Nápoles... y otro dia que si se podria hacer de ella un drama... y una noche que si yo querria transformar en drama su novela, y por fin que si, escribiéndola en verso y prosa, querria yo aprovechar los diálogos de la novela, y poniéndolos á nombre suyo, ponerle á él al par del mio como autor dramático: cosa que á él le daria una grande importancia con su principal Boix, etc., etc.

¿Por qué no habia yo de ayudar á hacerse hombre á un tan buen amigo? Me habia acompañado dos ó tres años cinco ó seis horas diarias, y dia y noche en las épocas de enfermedades y pesadumbres: habia empezado su carrera de escritor poniendo en las nubes mis versos y en boca de todos la prosa de mi vida... emprendí la transformacion de la novela El Virey de Nápoles en el drama Los dos vireyes; pero por más empeño que puse en semejante trabajo, le concluí convencido de que habia salido como no podia ménos de salir una obra malamente confeccionada, muy desigualmente escrita y de éxito dudosísimo.

Llamé á X y le dije que en mi cualidad de buen amigo y de hombre leal, mi conciencia me obligaba á advertirle que Los dos vireyes era un tiro que iba á salir para él por la culata; y que al silbarme el público por primera vez, no faltaria á quien le ocurriera que escribiendo solo me habia hecho aplaudir, y que la asociacion con X me habia atraido la primera silba; y en fin, que aquel seguro mal éxito, en vez de procurarle reputacion y de abrirle la escena, le iba á desacreditar y á cerrársela para siempre.

Pareció X convencido de mis razones: y como la temporada cómica iba ya muy avanzada, la obra estaba prometida y yo obligado á dar la tercera del año, segun mi contrato, determinamos presentarla bajo mi solo nombre, y que corriera yo solo el riesgo de un desaire casi seguro del público y de una justa rechifla de la crítica por semejante rapsodia.

Entregué mi obra á Lombía: recomendésela á Cárlos, poniéndole en los pormenores de su historia: prometióme Cárlos, con el paternal cariño que me tenia, ponerla en escena con tánto más esmero cuanto ménos probabilidades de éxito presentaba: y pretestando yo no poder esquivar por más tiempo el compromiso de ir á pasar la Semana Santa con el duque de Rivas, partí á Sevilla, huyendo de la primera representacion de aquellos Dos vireyes, con cuyo azaroso porvenir dejé cargados á Mate y Cárlos Latorre, diciéndome al meterme en la diligencia: «ojos que no ven, corazon que no siente.»