¡Y qué recuerdo tan fresco, tan juvenil, tan poético, es el de aquel viaje y el de la estancia en la casa y con la familia de aquel tan gran poeta y tan grande amigo como fué mio, aquel á quien yo llamaba mi ángel, á quien la posteridad llama duque de Rivas, y cuya memoria vive aún por la amistad en mi corazon, y en España por el Don Alvaro, que está todavía en pié sobre la escena en que hace cuarenta años que apareció!

Desde que Juanito Donoso y Nicomedes Pastor Diaz primero y Villalta despues, me habian dado trabajo en sus periódicos, no habia yo dejado pasar una semana sin publicar una ó dos composiciones por lo ménos: en tres años habia de ellas coleccionado ocho tomos mi primer editor Delgado. Desde que García Gutierrez me habia abierto la escena, asociándome á él en el Juan Dándolo, habia yo presentado seis dramas, benévolamente acogidos por el público, que tuvo sin duda en cuenta al aplaudírmelos mi poca edad y mi constante trabajo: tenia yo mucha priesa de meter ruido que llegara á los oidos de mi padre, emigrado en Francia, y no me remuerde la conciencia de haber desperdiciado aquel tiempo viejo. Era la primera vez que cogia yo un mes y un puñado de onzas para mi solaz. Mi miedo al éxito de mis Dos vireyes, pedia á Dios alas para huir de Madrid: y el editor D. Manuel Delgado, que era el único que sabia lo que yo valia en dinero, que me gruñó siempre, pero no me negó jamás el que le pedí, me dió el susodicho puñado de onzas, para sustituir con un asiento en la diligencia las alas que Dios no ha concedido á ningun poeta al lado de los homóplatos. Dióme Lombía una docena más de aquellas graves y amarillas monedas que por atrasos de mi sueldo me era en deber, y otra docena Boix por adelanto y seguridad de mi primer tomo de leyendas: dejé las dos docenas á mi familia; y con el primer puñado en el bolsillo, me acomodé en la berlina, que despues hemos llamado coupé, de la diligencia que á las tres de una mañana de marzo arrancaba para Sevilla, de la calle de Alcalá.

Llevaba por compañeros á D. Juan Jústiz, noble mozo habanero, de tan mala salud como buena educacion, y tan sobrado de rentas como falto de humor para gastarlas; á quien acompañaba Lorenzo Allo, otro habanero de tan buen humor y tan buena salud como poco amigo de guardar su dinero, con quien habia trabado yo amistad en el tiro de Mr. Arnaud y en el gimnasio del conde de Villalobos.

Era este Lorenzo Allo el mejor amigo y el más agradable compañero del mundo: tan enjuto como récio, era nervioso hasta tener trémulas las manos, á pesar de lo cual tomaba café cuatro veces al dia; y usando en anteojos de oro unos cristales de muy bajo número, alternaba con los primeros tiradores; sin que me haya podido yo dar cuenta de cómo veia el blanco, ni de cómo sujetaba é inmovilizaba sus nervios para hacer finísimos tiros. Teníame una sincera amistad y sabia de memoria muchos versos mios: dábame tan buenos consejos como malos ejemplos; y tan diestro boxeador como mediano humanista, estaba siempre dispuesto á saltar un ojo de un puñetazo á quien no le concediera sin discusion que era yo el primer poeta de ambos mundos. Cuidaba de mí en el gimnasio como si fuera yo de cristal, y de mi honra como si fuera la suya, é hijo yo de su mismo padre.

Jústiz y yo le hicimos administrador de ambos durante el viaje y le entregamos nuestros dineros: aquel para no tener el trabajo de pensar en ellos, y yo para ahorrarme el de contarlos: negocio que era por entónces no poco peliagudo en España, con los ocho cuartos y medio de sus reales, los ciento setenta de sus duros, los trescientos veinte reales de sus onzas, las tres onzas y dos duros de sus mil reales, etc.; de modo que la más mínima cuenta tenia siempre más picos que una custodia.

La noche estaba fria, lejano el amanecer, y los tres viajeros de la berlina que habíamos acudido con tiempo por no habernos acostado, estábamos en nuestros puestos desde que empezaron los mozos á cargar el carruaje, durmiendo tranquilamente bien embozados en nuestras capas. La empresa era nueva, y en competencia con la antigua: el conductor ocupó el pescante y al dar las tres en el Buen Suceso, dió una voz y tendió su fusta á los caballos, que nos arrebataron entre el ruido de sus herrados cascos y de sus agujereados cascabeles.

La nueva empresa habia montado á la francesa sus tiros, sustituyendo al antiguo rosario de mulas, enfrenadas sólo las dos del tronco y las seis restantes encomendadas á un muchacho ginete en el mingo delantero, un tiro de seis buenos caballos todos embridados; dos en la lanza y cuatro en balancin. Aquellas nuevas diligencias, carruajes de sólo berlina y rotonda, eran unas especies de sillas de posta; y eran á las antiguas galeras y diligencias lo que hoy son á aquellas sillas de posta las locomotoras y trenes de los ferro-carriles; pero aquel ruido de los cascabeles, aquel perpétuo vocerío con que á sus caballos animaban los mayorales, aquellos zagales dicharacheros que enganchaban y recogian los tiros en las remudas, aquellos venteros y maestros de postas, aquellas hosterías en donde se hacian los altos y las comidas, conservaban el carácter jaranero y alegre de nuestra patria y la tierra por donde viajábamos los españoles; y se veia el país, y se bromeaba con las paisanas; y sea dicho en paz, no tenia tantas ventajas para los intereses materiales, pero tenia más poesía que el actual nuestro modo de viajar del tiempo viejo. Los caballos daban cierto decoro de caballeros á los viajantes; y no todo el mundo podia permitirse el lujo de viajar en berlina de una silla-correo, que corria por el centro de la calzada, pasando al vulgo de los viandantes; la máquina lo arrastra todo, y los caballos arrastraban la flor de lo arrastrado, y bien lo decia el refran: «de las vidas arrastradas... la del coche.»

El en cuyo coupé íbamos Allo, Jústiz y yo paró en Ocaña para almorzar. Sin que Allo y yo hubiéramos bajado los cristiles, ni hablado con los viajeros del segundo compartimento en las postas pasadas, por respeto al descanso de Jústiz, que iba convaleciente de larga enfermedad, con fuentes abiertas en los brazos y encomendado á nuestra amistad por su cariñosa familia. Pero al apearme en Ocaña, unos brazos poderosos me arrebataron del estribo, y al depositarme en tierra me decia la voz vigorosa del individuo á quien aquellos fornidos brazos correspondian:—«¿Aquí tú, Pepe?»—Era Paco Elipe, diputado bullicioso, poeta un poco excéntrico, pero no despreciable, hacendado manchego y amigo leal, de quien ya apenas hace nadie memoria; pero de la de quien voy á traer algunos recuerdos á estos mios de aquel viejo tiempo.—¿Quién es tan descortés ni tan ingrato que no se pare á dar un apreton de manos al viejo amigo, á quien encuentra por acaso en el viaje de la vida? ¿Y qué son estos recuerdos más que un viaje de vuelta por el casi borrado rastro del florido camino de mi juventud?

Paco Elipe fué sócio del Liceo y escribió de todo, en verso y en prosa; y empezando por un drama en compañía de Romero Larrañaga, titulado La Vieja del Candilejo, cuyo plan está no más preparado y versificado limpia y galanamente: escribió otros más, y tuvo sus éxitos y sus aplausos y su reputacion no inmerecidos y fué uno de los que, con quienes empezábamos á hombrear, arrimó el hombro para empujar el carro del progreso de aquella época. Recto y tenaz, y de vigorosísimo carácter, hacia y decia las cosas de muy original y personalísima manera. Un dia cerraba con lacre una carta, y echándose por descuido una gota de él encendida en un dedo, en lugar de sacudírsela dijo, conservando el dedo inmóvil: «¡Bruto Paco; para que no seas torpe otra vez!» Y dejó apagarse el lacre en la carne. Una noche sorteamos en el Liceo varios argumentos para una improvisacion, entre varios poetas, y tocóle á Elipe el de la Noche-Buena.

El tiempo dado para el trabajo de la improvisacion era el de una hora, al fin de la cual comenzaba la lectura de las composiciones en la tribuna; llegó su turno á Elipe, y en medio de muchas redondillas facilísimas, en que describia todo el tumulto que traen consigo los panderos, zambombas y el jaleo de aquella noche de la Misa de Gallo, soltó con la mayor formalidad la semiblasfemia de esta cuarteta: