Habia yo llegado á aquel período en que el mundo baila y gira en torno del mal bebedor, y al levantarse el signor Ménico, quise tambien ponerme derecho; pero al levantarme comprendí que mis piés no podian cómodamente con mi cabeza. Dióme el brazo maese Ménico; metióme el pañuelo de duros en el bolsillo izquierdo de atrás de mi levita; y arrollando este bolsillo en el faldon correspondiente, me lo colocó bajo el brazo izquierdo, y diciéndome en su galimatías:—«Niente, niente: en diez minutos se pasa todo: tenga firme el brazo, ed avanti sempre: questo vino non é che fummo.»

Me sacó á la calle, me acompañó no sé hasta dónde; y yo, sintiendo reirse y danzar al rededor mio la gente, la muralla, los árboles, las fuentes y las casas, llegué á la mia, y dí conmigo y con mi dinero en brazos de Jústiz, que casi lloraba, y de Allo que reia como si él fuera el borracho. Yo, con una lengua que me pesaba seis arrobas, acerté á decir—«ahí traigo ocho mil reales... acuéstenme... y déjenme dormir»—me dejé desnudar, y ni ví cuándo me dejaban solo, ni sentí cómo me cerraban puertas y ventanas; y en la lobreguez de aquel vergonzoso y forzado sueño de mi primera embriaguez, no surgió luminosa, ni siquiera por un instante, la pura y poética imágen de aquella Stella fotografiada en mis pupilas y en mi cerebro, desde que apareció en el último peldaño de la empinada escalera del portalon de maese Ménico.—¡Tánto rebaja y embrutece tan innoble vicio al hombre inspirado por la más espiritual y fantástica poesía!

No recuerdo si desperté ó me despertaron: pero anochecia cuando abrí los ojos, y me hallé entre el melancólico Jústiz y el siempre alegre Allo: interrogábanme ellos y respondíales yo: pero, ni me atrevia, ni podia explicarles lo que todavía no se acusaba bien definido en mi confusa memoria; excepto la de Stella, que, como la de los Magos, fué lo primero que brotó claro del caos espirituoso que aún envolvia mis enmarañados recuerdos.

Allo, hombre de sentido práctico, concluyó por declarar que lo que sacaba en limpio de mi inconexo relato era, que el viejo italiano, fiel á las costumbres del país, habia hecho beber más de lo que podia al que no la tenia de beber en ayunas; pero que no habia motivo alguno de queja, ni acusacion en él de torcido intento, puesto que los ocho mil reales estaban completos y su cuenta exacta y sin tacha. Que aceitunas y manzanilla era una nutricion andaluza insuficiente, aunque excesiva para un castellano viejo; y que lo más acertado y perentorio era sentarnos á la mesa, y que yo echara un buen lastre en mi estómago, deslabazado por un vino chacharero y poco arropado, como la gente ligera de ropa de la caliente Andalucía.

Sentámonos, pues, á la ya preparada mesa, que alegró Allo con su conversacion un poco verde, que escuchó Jústiz con su atildada compostura, y las dos hijas de la casa, sin darse por entendidas de lo hablado, en atencion á una noble botella de Sillery que destaponó y las sirvió Allo en són de próxima despedida; pues segun anunció, debíamos embarcarnos para Málaga á la siguiente noche.

Y no sé por qué á tal anuncio se me oprimió el corazon.

Comí poco, bebieron Allo y las muchachas, y á instancias del impaciente Jústiz, que no queria perder la salida de Salvatori en Los Puritanos, ocupamos nuestras lunetas (hoy butacas) en el teatro. Una de las mayores desventuras con que castiga Dios á un hombre es la de crearle poeta; es peor que si le creara bizco: todo lo ve de través, y en cambio de los imaginarios goces con que embelesa su espíritu, le estravía en el mundo real y le condena á vivir fuera de su época y extraño generalmente á sus contemporáneos. Los Puritanos son para mí la más deliciosa partitura de la escuela italiana; no tienen una nota de desperdicio, y yo he sabido de memoria música y letra, á pesar de que el libreto del conde Peppoli es indigno de aquella sentida inspiracion de Vincenzo Bellini. Pues bien; yo escuché aquella noche Los Puritanos como quien oye llover: no me dí cuenta de nada de lo que en escena pasaba; y desde que el primer coro cantó:

La luna, il sol, le stelle

le tenebre, il folgor