La casa del signor Ménico Maggiorotti tenia su parte habitable en el piso principal, que, sostenido sobre dos postes, gravitaba entero sobre ellos y las paredes maestras de un gran portalon, todo lleno en derredor de bien apilados sacos de lana, en la cual comerciaba su propietario. Enclavada en la pared de la izquierda, pendiente, estrecha y de un solo tramo, una escalera de madera con su pasamano remataba en una puerta de maciza encina, único paso al piso superior; y en vez de postigo en ella abierto, se abria en la pared derecha un ventanillo, que dominaba el portalon, y desde cuyo ventanillo, un hombre armado de una escopeta de dos tiros ó de un par de pistolas, podia defender la subida y la entrada de una docena de asaltantes, que caerian infaliblemente uno tras otro ántes de que ninguno lograse forzar la puerta. Mil suposiciones, á cual más absurdas, forjó mi imaginacion de poeta y mi juvenil inesperiencia sobre las riquezas, la avaricia y el misterio de la vida del signor Ménico á la vista de aquellos sacos de lana, que representaban un buen par de sacos de duros, y de aquella colocacion de postigo y escalera, que delataban muy calculadas precauciones.

Y todos estos supuestos me los hice yo como autor acostumbrado á preparar la escena de mis dramas, y como maniático tirador que no veia por donde quiera más que escenarios ó tiros de pistola; miéntras el corpulento signor Ménico venia á presentarme su mano de Titán, abandonando un saco de lana sobre el cual dormitaba ó echaba cuentas á mi llegada. Saludámonos, y atajando tiempo y cumplidos, el viejo italiano, con su vigoroso acento, pero en un tono cariñoso y dulcísimo, aunque imperativo, pronunció, llamándola, el más bello nombre de mujer que habia yo oido nunca.

¡Stella!—dijo, y á su voz asomó al ventanillo una cabeza rubia, que respondió con una voz de indefinible dulzura: «Eccomi, nonno.»—«Troverai un sacco con un pò di danaro sulla tavola: portalo colla vesta:»—repuso Maggiorotti, y, unos momentos despues abrióse la puerta y descendió, con el saco y la chaqueta por él pedidos, la más deliciosa y poética criatura. Era una muchacha diez y ochena, blanca como una perla, rubia como un querubin y ligera como una corza. Traia el cabello recogido en dos trenzas sobre los hombros, con dos ligeros rizos flotantes sobre las sienes, un corpiño de terciopelo negro abrochado hasta el cuello con botones de plata, y un delantal blanco encima de una falda gris; por bajo cuyos ribetes se la veia bajar sobre dos piececitos inconcebibles, metidos dentro de dos escarpines de charol con hebillitas de plata. Stella la habia llamado su abuelo, y á mí me pareció, en efecto, la estrella de la mañana.

Notó el viejo la impresion que en mí hacia la presencia de aquella criatura, y diciéndola: «son qui alla bottega col signore,» la despidió. Saludónos ella, y, al desaparecer en lo alto de la escalera, me sacó maese Ménico de su portalon, diciéndome: «es mi nieta;» seguíle yo, sospechando si podia ser un ángel á quien aquel viejo demonio debia de haber arrancado las alas, y nos metimos uno tras otro en el patio de la tienda de los montañeses.

Va á ser más fácil de comprender para mis lectores que para mí de relatar, la escena de mis cuentas con el signor Ménico Maggiorotti; porque la forma y consecuencias de tal escena son tan comunes y vulgares, como extraño y fantástico su fondo. El hecho en resúmen, por más empacho que confesarlo me cueste, fué que el signor Ménico, bebedor consuetudinario, enterró en el fondo de un jarro de manzanilla la razon de un muchacho, para quien era exceso lo que para aquel costumbre; la manera visible con que se efectuó este entierro, fué la de ingerir una á una en el estómago las aceitunas de un plato, y otra á otra las cañas en que Ménico vaciaba el contenido del jarro; cuya vulgar operacion vieron sin curiosidad ni extrañeza los propietarios del local que detrás del mostrador estaban; pero su fondo, es decir, la intencion del signor Ménico y el pensamiento mio, es lo de todos áun ignorado, y lo que voy en breves palabras á revelar; si acierto con las frases á propósito para escribir tan vulgar como fantástica situacion. Comenzó el corpulento administrador por enterarme, entre las dos primeras aceitunas y las dos primeras y aún inofensivas cañas, de las partidas de cargo y data de su cuenta, y de la que á favor de mi poderdante resultaba; vació en seguida el saquillo que le habia entregado su nieta, y apiló con la destreza y rapidez del más ducho banquero de cabecera, primero las monedas de oro, despues los pesos, y en fin, las pesetas, que componian la suma que me correspondia: cuatro mil reales en onzas y cuatro mil en plata; hizo rollos primero del oro, despues de los duros y de las pesetas; hízome guardar los primeros en los bolsillos del pecho de mi levita y en los del chaleco; metióme los de las pesetas en los del pantalon, y haciendo un lio de los de los duros en mi pañuelo, lo colocó dentro de la comba que mi brazo izquierdo trazaba sobre la mesa, é introduciéndome la cuenta en el bolsillo del relój y guardando él mi recibo en su cartera y ésta en el inmenso bolsillo de su chaqueton de pana, dijo: «ahora emprendámosla con el manzanilla.»

Pero todo esto que él hizo y que yo le dejé hacer, lo hizo él con la calma, el aplomo y la prevision de quien sabia lo que iba á suceder, no queriendo que sucediera nada que fuera en perjuicio de su honradez de buen administrador y de pagador exacto.

Bebíamos y hablábamos del estado de la huerta, de lo que yo hacia en Madrid, y de lo que pensaba hacer en adelante; de lo que él habia hecho en Génova y en algunas otras partes del mundo por tierra y mar. De mi manera de vivir debió comprender él muy poco, por ser para él los versos despreciable capital y mezquino género de comercio; y de lo que él habia hecho no comprendia yo tampoco mucho; porque además de que me lo contaba por terceras partes, en dialecto genovés, en italiano y en español, formulaba su narracion con tales circunloquios y digresiones, que tan pronto llevaba mi atencion por el mar, en un buque que iba y volvia á no recuerdo qué puntos de América; como por entre los fardos, las cuentas y las disputas de una casa de tráfico en un puerto del Mediterráneo; ya me hablaba de los granaderos de Nápoles y de una campaña de Italia, ya de un barco pirata y de encuentros con los contrabandistas de la montaña; ya de una casa tranquila y pintoresca de la campiña de Livorno, cuyo interior tenian hecho un cielo una hija y tres nietas como pintadas por Rafael: ya de una especie de génio siniestro de su familia que habia enterrado vivas á todas aquellas mujeres... y yo le escuchaba mirándole, á través del manzanilla sin duda, ya soldado, ya pirata, contrabandista, comerciante, padre, marido y abuelo de aquellos séres, que, tan hermosos como desventurados, pasaban todos por delante de mí, y saludándome bajo la forma de aquella Stella, que acababa de aparecer y desaparecérseme en el portalon de la extraña casa de maese Ménico Maggiorotti.

Esta era mi idea fija, y la única clara que en el turbio cristal de mi mente se dibujaba; en cuanto el más mínimo intervalo de aspiracion ó reposo del viejo Ménico me lo permitia, intercalaba yo mi eterna pregunta—«¿y Stella?»—á la cual oponia él tenazmente su eterna respuesta—«mi nieta: mi última nieta»—y continuaba bebiendo y hablando, y yo contemplando su enorme boca, ya jurando en genovés, ya dilatándose en homéricas carcajadas; y sentíame fascinado por aquellos dos ojos que brillaban inquietos y chispeantes bajo el toldo blanco de sus nunca recortadas cejas. A veces enjugaba una lágrima con un pañuelo de algodon, que sacaba y metia rápida y facilísimamente de un bolsillo, en el cual cabria con comodidad una pieza entera de doce pañuelos; y á veces dando un formidable puñetazo sobre la desvencijada mesa, hacia saltar en ella el jarro, las cañas y mis rollos de duros envueltos y anudados en mi pañuelo de batista, sobre el cual ponia él su mano como único objeto de que habia que cuidar, diciendo «mi scusi... ma...» y miraba al cielo cerrando el puño. Yo, asegurando tambien por instinto mi dinero, aprovechaba aquel respiro para dirigirle mi eterna pregunta—«¿y Stella?»—y él exclamó al fin levantándose y apabullándose de través su sombrero hasta las orejas:—«¡Dio santo! ¡Stella... Stella!—¡Sventurata! ¡Condamnata á morte comme tutte le altre!»