Obligábame á pasar á Cádiz un asunto de familia; y librándome á fuerza de voluntad del encanto con que en Sevilla me retenia la sociedad del duque, me embarqué con mis compañeros en un vapor que descendia el Guadalquivir. No habia yo visto el mar; y para no verle prosáicamente desde una playa, me eché á lomos de aquella serpiente de plata, que deshace las móviles escamas de sus dulces ondas en las amargas profundidades del que rodea y arrulla aquel canastillo de plata, que se llama Cádiz. Ni de esta ciudad ni de la de Sevilla diré una palabra más; porque ni hay ya nada que de ambas en prosa y verso no se haya dicho, ni estos recuerdos son memorias históricas, ni relacion de impresiones de viaje, que obligan á seguir lógica y consiguientemente una narracion; sinó la consignacion de mis ideas en un papel, segun en mi imaginacion desordenadamente se van presentando. Está ya convenido que el autor del Zapatero y el Rey y de Margarita la Tornera es un poeta... bueno ó malo, grande ó pequeño: pero ¿cómo fué poeta? ¿Cuáles fueron los gérmenes de su inspiracion? ¿Qué influencia han tenido en sus escritos las vicisitudes de su vida? ¿Qué hay en la suya íntima, puesto que no la tiene pública no habiendo sido nunca más que poeta? Esto es lo que él solo puede decir, y esto es lo que exponen estos sus Recuerdos del tiempo viejo, tan desprovistos de interés como de órden, por ser personales y desligados de toda adherencia con la política, el progreso, la vida, y en una palabra, de la generacion en que ha vivido, como una planta parásita sin raices que á su tierra la sujetaran.
Poseia en Cádiz una persona de mi familia una de las pocas huertas, que reverdecen en el escaso terreno de su puerta de tierra.
Ni la dueña de aquella posesion conocia su finca, ni jamás habia estado muy clara la historia de ella; habíasela cedido un pariente suyo en cambio de unos terrenos en Ultramar; y tasada sin duda en más de lo que valia, no redituaba lo que de su capitalizacion podia esperarse. Habia habido en ella en otro tiempo un establecimiento industrial, cuyo abandonado edificio é inútiles utensilios habian ido vendiéndose cuando la ocasion se habia presentado. Teníala entónces en arriendo un signor Doménico Maggiorotti, genovés ó livornés, de una honradez sin tacha, el cual daba cuentas cuando se le pedian, descontando siempre algo por gastos hechos en recomposiciones absolutamente necesarias, como reconstruccion de tapias y renovacion de puertas. De vez en cuando habia hablado de calderas viejas y de útiles ya inútiles de hierro, que allí arrinconados existian, cuya venta le habian propuesto y para cuya enajenacion pedia permiso; diósele siempre la propietaria, y el livornés tuvo siempre á su disposicion el precio de lo vendido. Las cuentas del año anterior estaban con él todavía pendientes, y por el mes de Febrero del que corria habia pedido permiso para vender la piedra de una especie de estanques ó secaderos de cera; que cerería aseguraba que habia sido el arruinado establecimiento industrial de la finca. De la aclaracion de estos hechos y del cobro de la renta del último año iba yo encargado, con legal poder y ámplias facultades de su propietaria.
Fuíme una tarde con Allo á la huerta del Maggiorotti, quien, segun costumbre de su país, se llamaba abreviadamente Ménico, y á quien entre las gentes vulgares con quienes trataba, llamaban unos el señor Ménico y otros el tio Mónico; no alcanzando la abreviatura del nombre italiano. Dimos en la huerta, y topamos en ella con el signor Ménico Maggiorotti; que era efectivamente mayor en años y en estatura que Allo y yo juntos, y uno de los mayores hombres con quienes yo he tropezado en mi vida. Tenia, segun nos dijo, setenta y dos años, y segun vimos cerca de seis piés de alto, con una cabellera y unas patillas como la nieve, unas cejas crecidísimas, bajo las cuales relampagueaban dos ojazos de un azul pardo y de una admirable limpidez; una tez curtida como si hubiese pasado mucho tiempo expuesto á los aires del mar; una boca grande de perpétua sonrisa y guarnecida aún de su completa dentadura, y unos hombros, unos brazos y unas manos fornidos, musculares y encallecidas, como de quien debia de haber pasado largos años en rudo y continuado ejercicio.—Saludéle yo afablemente; díjele quién era, y exhibíle mis credenciales; tendióme él su diestra llevando la zurda al sombrero, y miéntras por poco no me desmonta las catorce coyunturas de mi mano entre las de la suya, me dijo con una voz como de contramaestre hecho á mandar la maniobra entre la tempestad:—«Mañana á las diez le llevaré á usted á su casa ocho mil reales, y los seis mil trescientos restantes, el dia 30, á la misma hora: porque no habiéndome usted avisado de su venida, no le tengo juntos los catorce mil trescientos del total de su cuenta.»
Ocurrióseme decirle que á mí, como el más jóven, correspondia ir á su casa; y contestóme, frunciendo más el entrecejo, y mirándome como quien necesita seis como yo para almorzar:—«Si tiene V. empeño de ir á mi casa, vaya; pero yo no hago ningun trato en mi casa, sinó en los Montañeses que tengo en frente de ella, y ante un jarro de manzanilla, como tal vez no es costumbre entre los señoritos de Madrid, y yo pago siempre.»
Acepté, tomé en mi cartera las señas de la casa y despedímonos hasta las diez de la mañana siguiente. Allo y yo convinimos en que aquel viejo tenia trazas de haber sido tallado sobre el modelo del Laoconte, y de ser un hombre tan formal como poco hecho á sufrir cosquillas.
—Parece que no tiene muchas ganas de recibirte en su casa—me dijo Allo.
—Y no sé por qué las tengo yo de meter en ella las narices,—le dije yo; y nos fuimos á buscar á Jústiz, para ir á la ópera.
Al dia siguiente, exacto como un suizo, me presenté á las diez en casa del signor Ménico, que la tenia en una calleja cerca de la muralla y en frente de una tienda de montañeses; á la cual se entraba por un patinillo cercado de un emparrado, bajo cuyos vástagos se veian cinco ó seis mesillas, con sus correspondientes bancos, éstos y aquellas clavados, que no asentados en el suelo.