no vió nunca maravilla;
ni quiso irse de Sevilla
nadie que en Sevilla entró.
«¡Ver Nápoles y morir!»
dicen los napolitanos.
Y dicen los sevillanos:
«¡Ver Sevilla, y á vivir!»
Esto digo yo de Sevilla en La leyenda de los Tenorios, y esto hice cuando fuí á aquella ciudad sin más objeto que á ver á Sevilla y á vivir. No existian aún en España las academias y los profesores de bombo, ni La Correspondencia anunciaba la salida de Madrid de don Fulanito y doña Menganita, ni nos habian hecho cardenales, tratándonos de Eminencias, á los que por algo comenzábamos á distinguirnos los que aún no se distinguian por su profesion de bombistas; ni habíanse aún establecido las sociedades y comisiones de aplausos mútuos que anuncien, calificándolo de acontecimiento, la partida, la llegada ó el resfriado de cualquier medianía ó nulidad, á quien cuatro amigos, si no ella misma, dan importancia miéntras se lee el número en que se da ó se la da bombo: así que pude yo pasearme por Sevilla con Allo y Jústiz sin riesgo de hacerme enemigos todos los liceos, ateneos y teatros caseros, cuyas invitaciones rehusara, y cuya sancion necesita hoy todo hombre notable para pasar por donde pasa, como moneda resellada, en cada provincia. Algunos curiosos iban á ver cómo era el autor de El Zapatero y el Rey cuando entraba ó salia en el café del Turco, donde se hospedaba; y el tal autor salia ó entraba en su alojamiento, y gozaba de aquel sol y aspiraba aquel aroma de azahar que llena los paseos y las alamedas, y visitaba aquellos viejos y moriscos edificios, por y entre los cuales anduvo el rey, tan popular como mal juzgado todavía, de su drama El Zapatero y el Rey. Hacia, en fin, la vida que en Sevilla se hacia: la del pájaro, como dije en mi número anterior; picotear los capullos de las rosas y de los azahares, cantar y esponjarse á la sombra y entre las hojas de los naranjos y las magnolias, y vagar de barrio en barrio, como los pájaros de rama en rama, hasta la hora de acogerse al nido de los ruiseñores, que era la casa del duque de Rivas.
En ella duraban algunas caseras costumbres de nuestras nobles familias de los siglos del Renacimiento. La del duque se reunia en las primeras horas de la noche en torno de una gran mesa; donde, presididas por la duquesa, trabajaban sus hijas en alguna labor, y leian ó dibujaban sus hijos, ó escuchaban todos al duque, que les leia ó recitaba algunos de sus característicos romances, ó algunas de las consejas por él recientemente desenterradas de bajo alguna piedra mal segura del rincon de una callejuela de Sevilla. El duque leia sus versos con un entusiasmo, un tono y una gesticulacion esencialmente suyos y completamente originales; y acompañaban su voz el murmullo del aire en las hojas y del agua en las fuentes del jardin, sobre el cual se abrian los dos balcones de aquella estancia. El cariñoso respeto y la cordial é infantil admiracion de su numerosa familia para con el padre y el poeta, era la cualidad característica, el fondo típico de aquel cuadro de interior, en cuya atmósfera se respiraba la más sincera alegría y la más tranquila felicidad. Aquellas cabezas juveniles de las muchachas, en cuyos ojuelos retozones chispeaba la curiosidad reprimida y en cuyos labios retozaba la maliciosa sonrisa; las inteligentes fisonomías de los muchachos, Enrique reflexivo y Alvaro bullicioso; aquellos álbums, grabados y caballetes abiertos siempre, ó siempre cargados de algun trabajo no concluido; aquellos retratos de los hijos, pintados por el padre; aquel piano siempre abierto, y aquellos tres salones seguidos, en donde siempre habia murmullo de música ó de poesía, y cuyo silencio era el són del agua y los árboles del jardin, daban á aquella casa un carácter especial, único y típico, que me hizo calificarla de nido de ruiseñores, y cuya paz fuí yo á interrumpir con el desordenado turbion de versos de mi leyenda de La cabeza de plata, de la cual iba escribiendo el último capítulo durante aquel viaje. Habia en aquella leyenda (que el fin se publicó bajo el título del Talisman, y de la cual ya nadie probablemente se acuerda), un enamoradísimo Genaro, á quien vuelve loco la cabeza de una hermosa Valentina, cortada por un bárbaro y celoso tutor, cuya historia no sabia yo á punto fijo cómo concluir, pero que entusiasmó á la duquesa, complació al duque por lo que me queria, y encantó á las muchachas por lo romántica y apasionada.
Pasemos pronto por tan gratos como personales recuerdos: la muerte nos quitó de delante aquel ídolo á quien adorábamos, gloria de España, cuyos versos hemos aplaudido no ha muchos meses en el teatro en su Don Alvaro; y no quiero que su recuerdo parezca en estos mios como motivo de alabanza propia, ni como afan de propio engrandecimiento á la sombra suya, ni como halagüeña adulacion á los hijos vivos del amigo muerto; de cuya viva estimacion vivo seguro, por los puros recuerdos de aquellos dichosos dias y de aquellas deliciosas noches.