El 1.º de Abril á las siete de la mañana nos apeamos de la diligencia en Sevilla, café del Turco, calle de la Sierpe. Salia yo á ver la tierra por primera vez; y como el pájaro que deja por primera vez el nido apenas emplumado, y goza de la luz, la vida y la libertad, desempolvando sus plumas entre el fresco césped y las primeras margaritas, y se baña en el brillante ajófar y las líquidas perlas de las gotas de agua que desparrama el Guadalquivir en sus siempre verdes orillas, me salí por la Puerta del Arenal á ver el puente, y el rio, y la Torre del Oro, y á respirar aquel ambiente perfumado de azahar, y á bañarme en aquella luz, reflejo dorado de la del Paraiso; á pasar, en fin, una mañana de muchacho que hace novillos.
Y fué aquel uno de los pocos dias que en mi vida cuento como felices, y cuya dicha tuvo fin y colmo en mi nocturna presentacion en casa del egregio poeta, del cariñoso amigo, del entretenidísimo conversador, y del nunca olvidado autor del Moro expósito y del Don Alvaro.
El recuerdo de la amistad, de la casa y de la familia del duque de Rivas es una isla de arribada en el revuelto mar de mi existencia, un oasis frondoso en el arenal desierto de mis estériles aspiraciones, una tienda de reposo en el pedregal por donde ha hecho peregrinar mi inutilidad viviente, mi improductiva é improvisora poesía. La casa del duque en Sevilla es en mis recuerdos un nido de ruiseñores, donde fué á albergarse una noche de primavera una golondrina desanidada.
XVII.
¡Gran tierra es Andalucía!
La gente allí alegre toma
la vida efímera á broma,
y hace bien, por vida mia.
Quien á Sevilla no vió