Pedí al camarero noticias de Maggiorotti una noche.

—E un ogro, me respondió; non riceve nessun italiano in casa sua.

—¿Conocette Stella?—le pregunté.

—¡Chi! ¿Stella? ¿Una vecchia brutta?

—¡Va via, grand' imbecile!—le dije despidiéndole furioso.—¡Una vecchia brutta Stella!... il Sole.

Marchóse el pobre hombre sin comprenderme... y quedéme yo tan asombrado como él de lo dicho.

¿Quién era Stella? ¿Qué tenia para mí? Que Dios me habia hecho nacer poeta y que habia dicho de ella maese Ménico: ¡Sventurata! ¡condamnata á morte comme tutte!

Y todos nacemos condenados á muerte; sinó que los poetas vivimos como sonámbulos, y corriendo siempre tras de fantasmas.

El inglés, único huésped del Hotel del Correo cuando yo tomé en él aposento, era el compañero más á propósito para mí en aquella ocasion. Taciturno gastrónomo, recorria todos los países del mundo para estudiar la cocina nacional de cada uno. Comia, callaba, digeria y dormia: escribia yo, pues, sin ruido, visitas ni estorbos, y descansaba sólo algunas horas de la noche. La luna en creciente tendia sobre la antigua Gades el rico manto de su luz de plata, y vagaba yo por sus limpias calles y sus ya arboladas plazas, á la luz melancólica del astro poético de la noche, como lo que he sido siempre, como una sombra de otro mundo y un habitante de otra region perdido sobre la tierra.