Vagabundo nocturno de profesion, conozco todos los ruidos, las sombras y las luces nocturnas: sé cuántas formas toma la sombra de los árboles y de las casas, segun la luna las traza, las prolonga ó las recoge, desde que sale hasta que se pone. Sé los infinitos ángulos y triángulos que trazan los hierros de los faroles, los brazos de las cruces y las siluetas de las chimeneas; conozco todos los cuadros de luz que estampan sobre el oscuro y húmedo empedrado los balcones alumbrados de las casas en que se vela ó se baila, de las puertas que se abren para despedir á los contertulios á la luz de bujía, farol ó linterna; todos los huecos de sombra de los postigos abiertos y cerrados con precaucion y á oscuras para recibir ó despedir á los amantes; todos los rumores de las pisadas que se acercan ó se alejan con resolucion ó con miedo, de las del adúltero escurridizo ante la hora de la vuelta del marido; del jugador ganancioso y del hijo de familia retrasado; del ratero y de la buscona, del centinela y del médico; mis leyendas están llenas de esas noches, y yo tengo ciertas pretensiones de ser un poeta nocturno, rico de nocturna y pormenorizada observacion; todas mis comedias y dramas comienzan de noche y de noche se han concluido; y en aquellas de Cádiz concluian mis nocturnos paseos en una plazuela sobre la muralla derruida, por encima de cuyas desencajadas piedras metia el mar los hirvientes y desgarrados pedazos de encaje de la espuma de sus encrespadas olas; á través de cuyo rumor temeroso y del salino vapor en que el aire convertia la ola que en los peñascos se estrellaba, adoraba yo á Dios y aspiraba la poesía que ha extendido sobre los mares para el poeta creyente.
El mar es para mí el grande espejo en que se pinta la faz de Dios, y mil veces he deseado tener por tumba su inmenso y móvil panteon de líquido cristal. Dos veces he naufragado, y el mar me ha devuelto vivo á la tierra. ¡Qué mausoleo más magnífico que el mar! A quien naufraga y muere en alta mar, le da Dios la muerte más dulce y sin agonía; una impresion rapidísima de inmersion en un baño, un zumbido de oidos semejante á una lejana música, un resplandor fosfórico que deslumbra las pupilas... y el alma sale del cuerpo y entra en la eternidad. ¡Buenas noches! Aquel cuerpo y aquel alma se ahorran todo lo doloroso y lo ridículo de que la sociedad rodea al que se muere; el pesar verdadero de los que le aman, la hipócrita comedia del dolor de los que le heredan, los falsos consuelos de los que están deseando que espire pronto, ofendidos de su superioridad ó envidiosos de su gloria; el entierro oficial, si es un personaje ó una celebridad; el olvido inmediato tras de las ceremonias, y la profanacion, en fin, de su tumba por la posteridad, encomendada por Dios de castigar al orgulloso que olvida que le dijo al crearle: Pulvis es et in pulverem reverteris.
Yo adoro el mar, y cuando el frio, la soledad, la reflexion y la necesidad de continuar mi trabajo me arrancaban de aquel boquete de murallon roto, por donde yo miraba el de Cádiz en aquellas noches, me volvia á mi hospedaje del Correo, pasando por el callejon en que se alzaba sombría y casi aislada la casa de maese Ménico Maggiorotti. En su esquina del Mediodía veia siempre iluminado por dentro el postigo de una ventana. ¿Quién velaba allí? ¿Hacia allí las prosáicas cuentas de sus sacos de lana ó de cuartos maese Ménico, ó mecian allí á la luz de una lamparilla los sueños de la esperanza, el espíritu virginal de la hermosa nieta del misterioso italiano? Todas las noches volvia á mi alojamiento sin haberlo averiguado, y volvia á trabajar en mi Cabeza de plata, bailándome perpétuamente delante de los ojos la rubia de Stella; y el recuerdo de su poética imágen bajaba y subia perpétuamente por la escalera del portalon, empotrada en mi cerebro, miéntras con ella distraido avanzaba lentamente en mi trabajo y esperaba impaciente el dia 30.
El veinte y ocho recibí una carta de Cárlos Latorre, en la cual me decia: «Se levantó el telon sobre el primer acto de Los dos vireyes con entrada llena. Mate llevó con aplomo sus escenas en verso, y el público las escuchó con agrado: oyó sin repugnancia las en prosa, gracias al cuidado que pusieron todos los actores, y concluyó Azcona caracterizando con mucha inteligencia su final, que se aplaudió: no me lo esperaba, y comencé á respirar.»
«Al empezar el acto segundo, el viento habia cambiado y el mar hacia oleaje. Durante el entreacto, un criado incógnito habia repartido al público, y no al buen tun, tun, sinó entre la gente de letras de las lunetas (hoy butacas), quince ó veinte ejemplares de la novela El virey de Nápoles, de Pietro Angelo Fiorentino; los cuales tenian una nota con lápiz que decia «los diálogos que Zorrilla ha copiado en su drama van marcados al márgen.» Los posesores de aquellos librillos se los mostraban y pasaban riendo á los curiosos que se los pedian: los palcos, las galerías y el pueblo pedian silencio: los actores no comprendian tal inquietud en las lunetas, pero no se desconcertaron. Concluyeron al fin las nueve escenas en prosa; quedó Mate sólo en escena, y el público respetó su respetable personalidad; é hiriendo sus oidos las octavillas italianas, comenzó á hacer silencio; y Mate le aprovechó para decírselas tan vigorosa é intencionadamente, que al concluirlas arrancó el primer aplauso de la noche. La cancion de Basili hizo un efecto inesperado; y Mate se llevó la sala con la redondilla:
con un cordel á la gola
y un crucifijo en la mano,
cantar haré á ese villano
su postrera barcarola,
y con un segundo aplauso preparó mi salida. Excuso ponderar á V. lo que hicimos ambos en el resto del acto: cumplimos con los deberes de la amistad.»