«En el entreacto segundo nos enteramos de la villanía de X, que era quien indudablemente habia enviado al teatro los ejemplares de la novela; yo me apresuré á dar la clave del ataque traidor de que era V. objeto; y la empresa y los actores resolvimos defender el final del drama con todo el empeño de que hombres y mujeres fuéramos capaces; pero los amigos de fuera trabajaban en contra con los librejos; la escena en prosa y los endecasílabos pasaron apenas difícilmente; y ya temia yo una catástrofe para el final, cuando nos salvó lo que temíamos que nos perdiera: el virey encerrado en el balconcillo despues de la escena VI, en la cual logré arrancar un aplauso y hacerme escuchar. Mate estuvo impagable en aquella desairada posicion; rebosando orgullo, rencor y sed de venganza, hizo aborrecible el personaje que representaba, y al volvérsele las tornas, las galerías y la ignominia ahogaron á las lunetas, y dimos el nombre del autor, y hoy damos tranquilamente la cuarta representacion. Duerma V. tranquilo, y permítame V. que le prevenga para el porvenir con aquellas palabras de Fabiani en «La familia del boticario: Buenos amigos tienes, Benito;» y cuente V. con este que le querrá siempre.»
No me sentó tan mal como me asombró la incomprensible partida mulata de X, porque me revelaba más estupidez que malas entrañas; puesto que, mero traductor de la novela de que me habia hecho sacar el drama, quien tenia derecho en resúmen á aparear su nombre con el mio no era él, sinó Pietro Angelo Fiorentino—á quien yo habia robado por darle gusto.
Tal es la historia de mi miserable rapsodia Los dos vireyes, y tal la de su primera representacion; de la cual no he hablado jamás á X, ni él ha podido nunca apercibirse de que yo le estimaba en lo que valia: sobre mis hombros no pudo, empero, volver á poner los piés. Así vivimos en estos tiempos y en esta sociedad, en que las medianías se atreven á todo, y á todo tal vez alcanzan, ménos á engañar á la posteridad.
El 30 á las diez trepaba yo, que no subia por la empinada escalera del portalon de maese Ménico; pues no hallándole en él, quise ver si podia forzar el paso al, segun fama, impenetrable sancta sanctorum de su misterioso hogar. Subí rápida y llamé ruidosamente á la puerta en que la insegura escalera finalizaba, y al tiempo que por el ventanillo acechador asomaba una curiosa cabeza de mujer, me franqueaba la entrada el mismo maese Ménico, por la barreada puerta, ante mí abierta de par en par.
El genovés, en chaleco, pantalon y babuchas, me recibió con algo encapotado ceño y melancólica sonrisa; en los cuales mi extraviada preocupacion y mi fantástico espíritu se empeñaban en ver algo misterioso y siniestro: quise yo motivar mi presencia, pero él atajó mis escusas diciendo:
—«Son las diez, y es la hora. ¿Trae V. el recibo?
—Sí, señor.
—Pues los seis mil están contados: y conduciéndome á través de una antesala y un comedor, tan limpia como modestamente amueblados, á una especie de despacho, me mostró sobre la parte alta y plana de su pupitre los trescientos duros en pilas de á veinte y cinco. Mostréle mi recibo firmado y comencé á hacer rollos de á cincuenta, en los ocho pedazos en que corté un periódico que me alargó.
Callaba yo haciendo, no muy diestramente, mis rollos, y callaba él esperando distraido á que yo concluyera de hacerlos; tal vez se reia en su interior de mí por la poca costumbre de manejar dineros que mi poca destreza le revelaba; pero mi indiscrecion de muchacho sin mundo y mi irresistible curiosidad me hicieron al fin prorumpir en la pregunta que hacia diez dias tenia en mis labios:—¿y Stella?