Sentí la mirada de Ménico sobre mi faz, y la busqué con la mia, resuelto á todo: entre las blancas pestañas de sus hundidos ojos percibí dos lágrimas, que no dejó rodar por sus curtidas mejillas, enjugándolas ántes con el reverso de su mano.

—¿Stella?—dijo, como si su voz fuera en su respuesta el eco de mi pregunta.—¿Quiere V. verla?

—Si V. me lo permite...

—¿Por qué no? Acabe V. de recoger su dinero; no he podido procurarle á V. oro, porque...

Interrumpióse sin acabar de darme su razon; concluí yo de liar mi sexto rollo, y miéntras ataba los seis en mi pañuelo, completé néciamente mi pensamiento, formulándole en esta menguada frase:

—Stella es una preciosa criatura, cuya vista regocija los ojos, cuya voz arrulla los oidos.

—¡Desventurada!—exclamó el viejo;—«¡é la più sventurata creatura del mondo! ¡Non può essere sposa, ne madre, ne padrona di sé stessa!»—Y abriendo ante mí una puerta, me mostró en un gabinete cariñosamente lleno de cuanto puede necesitar la coquetería mujeril, y en un lecho, que no exhalaba más que virginales emanaciones, ni excitaba más que castas ideas, la pálida Stella, cuya cabeza, doblada sobre las almohadas, tenia los ojos abiertos y fijos en espantosa inmovilidad.

Sin poderme contener, exclamé:—¡Muerta!—Y Ménico, poniéndome bruscamente la mano en la boca, me dijo al oido:—¡silencio: oye, está en catalepsia!—y cogiéndome por el brazo, sacóme del aposento.

Iba yo estupefacto á pronunciar un vulgar mi scusi; pero el infortunado maese Ménico me le atajó con otro, que en su boca y en su situacion resultó sublime de abnegacion y sentimiento, y siguió diciéndome: