Si el actor, pasando sobre su conciencia y haciendo caso omiso de la del autor y de su deber de imponerse al vulgo, por dar gusto á éste y arrancar un aplauso, las declama á gritos y sombrerazos como se hace hoy por nuestros más roncos y aplaudidos actores... el aplauso estalla, es verdad; pero ¿á quién pertenece? Al actor, no; porque al exponerse á arrojar por la boca los pulmones arroja con ellos al sentido comun por encima de la batería del proscenio, en cambio del aplauso de los engañados espectadores: al poeta, tampoco; porque aquellas palmadas resultan poco ménos que bofetadas para él, á quien jamás pudo ocurrírsele que tuvieran que ahullarse y berrearse unas décimas tan artificiosas y tan mal traidas, pero forjadas con los más poéticos pensamientos y expresadas con las más suaves, armónicas y cariñosas palabras.
¿Qué quiero yo decir con esto? ¿Que los actores no saben representar mi D. Juan Tenorio? No: quiero decir que en mala situacion no hay actor bueno; que obra mia es aquella situacion mala; y que yo, que no transijo con mi conciencia al juzgar mis obras, no transijo con los actores que transigen con la suya en las mias.
¿Intento yo, como se ha supuesto, al decir la verdad sobre mi D. Juan, y al hablar con tal ingenuidad de mí mismo, desacreditar mi obra y conspirar contra su representacion y éxito anuales, por el inútil y villano placer de perjudicar á mis editores y á los empresarios y actores, porque la propiedad de mi obra no me pertenece?
Estúpida ó malévola suposicion. D. Juan Tenorio, que produce miles de duros y seis dias de diversion anual en toda España y las Américas españolas, no me produce á mí un solo real; pero, me produce más que á ningun actor, empresario, librero ó especulador: porque la aparicion anual de mi D. Juan sobre la escena, constituye á su autor su fénix que renace todos los años. D. Juan no me deja ni envejecer ni morir: D. Juan me centuplica anualmente la popularidad y el cariño que por él me tiene el pueblo español: por él soy el poeta más conocido hasta en los pueblos más pequeños de España y por él solo no puedo ya en ella morir en la miseria ni en el olvido: mi drama D. Juan Tenorio es al mismo tiempo mi título de nobleza y mi patente de pobre de solemnidad: cuando ya no pueda absolutamente trabajar y tenga que pedir limosna, mi D. Juan hará de mí un Belisario de la poesía: y podré sin deshonra decir á la puerta de los teatros: «dad vuestro óbolo al autor de D. Juan Tenorio,» porque no pasará delante de mí un español que no nos conozca ó á mí ó á él.
¿Cómo, pues, he de anhelar yo desprestigiar, ni desterrar del teatro á mi venturoso desvergonzado Don Juan, que es el sér de mi sér y la única esperanza de mi porvenir?
Pero ¿qué intereses ataca, qué amor propio ofende el modesto conocimiento de sí mismo que el autor del tal D. Juan manifiesta al juzgar su obra, cuando ha tenido treinta y tres años para estudiarla? ¿cuando, velis nolis, le han hecho presenciar ochenta veces su representacion, durante la cual, á no haber sido de piedra como su estátua del Comendador, tiene forzosamente que haberla visto y héchose cargo de cómo pasa lo que en ella sucede?
¿Seria posible, aunque para mí inconcebible seria, que se ofendiera la crítica de que yo, á mis sesenta y cuatro años, al ajustar cuentas con mi conciencia, dijera de mi D. Juan lo que ella ó por consideracion al autor ó por no atreverse á ir contra la corriente de la opinion, no ha dicho en los mismos treinta y tres años? Es imposible; la crítica tiene que ser hidalga y leal en España, como lo es su pueblo, y no puede tornarse nunca en injusta, corrigiendo sólo al autor, no concediéndole ni permitiéndole nada, ni áun reconocer y corregir sus defectos, sin corregir el mal gusto, cuando estravía los juicios del público y el arte de los actores, ocasionando los escesos y faltas de las empresas: todo lo cual constituye lo que se llama el teatro: que no es sólo la palabra escrita del poeta.
Dejémoslo aquí. Con todo lo dicho y lo que por decir me queda, no he pretendido más que alegar el derecho y la obligacion que tengo de ser modesto confesando mis defectos y errores, para que ni mis contemporáneos que me aplauden, ni la posteridad si de mí se acuerda, tengan motivo dado por mí en que apoyarse, para creer que yo vivo hinchado y esponjado como el pavon y sueño conmigo mismo cuando duermo, por la vanidad de ser quien soy, y de haber hecho y escrito lo que he escrito y hecho.