Porque estos mis desordenados Recuerdos del tiempo viejo son una madeja de quebradizos y rotos hilos, de cuyos cabos voy tirando al azar segun los voy devanando en el desigual ovillo de mis artículos de El Imparcial; y en éste veo que es preciso que dé á mis lectores, si tengo algunos, un cabo conductor y alguna luz que les guie por el laberíntico relato de mis entradas y salidas por las puertas y escenarios de los teatros de la Cruz y del Príncipe. Mis Recuerdos no son, desventuradamente para mí, una obra de cronológica ilacion, de continuidad lógica y progresiva de bien enlazados sucesos, y de uniforme estilo, como las curiosas Memorias de un setenton, del Sr. de Mesonero Romanos; á quien aprovecho esta ocasion para dar gracias por el cariñoso recuerdo que en ellas hace de mí, y para rendirle el homenaje debido al más fácil de nuestros prosistas, al más ameno y castizo de nuestros narradores, al más cortés de nuestros críticos, y al más exacto pintor de nuestras costumbres. Mis Recuerdos no pueden, ni intentan competir con sus Memorias; y cuando hoy se reducen á libro con una más ordenada forma, aún no pueden parangonarse con aquellas; elegante y última, pero genuina produccion del vigoroso ingenio del Curioso parlante, en cuya curiosa personalidad prolonga Dios la luz de la inteligencia para gloria y contentamiento de la presente generacion.

Hecha esta salvedad y cumplido este deber, vuelvo la vista atrás y retrocedo cuatro años, para entrar por preparado camino en el quinto y último de mis recuerdos teatrales.

La temporada cómica del 38 al 39, por no sé qué circunstancias fortuitas ó premeditadas, iba á pasar sin que hubiese compañía en los teatros de Madrid. Lombía, asociado con Luna, Pedro Lopez, las Lamadrid y otros se presentaron en época avanzada, con las más sinceras protestas de modestia, á llenar como mejor pudiesen aquel vacío. Estimóselo el público, y quedó constituida en compañía aquella sociedad, para la temporada del 39 al 40. La redoma encantada fué para ella la gallina de los huevos de oro, y en aquel año cómico presenté yo mis tres primeras comedias, segun van marcadas en la nota correspondiente á este párrafo. Con la cooperacion del infatigable Breton, de García Gutierrez, Olona, y otros autores, el año fué un negocio, y á la temporada siguiente (la de 40 al 41) vino á tomar parte en él Julian Romea con Matilde y su compañía. Romea, Salas y Lombía tomaron ambos teatros, y habiendo yo comprometido mi palabra con Cárlos Latorre de escribir para él la segunda parte del Rey D. Pedro, cuya primera habia estrenado Luna, pero no habiendo querido Romea escriturar á Latorre, preferí no escribir para el teatro á faltar á la palabra empeñada á éste.

No duró mucho la union de Julian con Lombía; y como por aquel tiempo transformara en teatro su circo Colmenares, que del de la plaza del Rey era propietario, Lombía, que habia tomado el viejo coliseo de la Cruz patrocinado por el banquero Fagoaga, director del Banco, estrenó el del Circo en el verano con Cárlos Latorre, miéntras se hacia de nuevo el de la Cruz. La empresa Colmenares, que era adinerada y emprendedora, hizo competencia á los dos teatros y á las dos compañías del Príncipe y de la Cruz, primero con grandes pantomimas y despues con ópera y baile: del 42 al 43.

Lombía, que disponia de no escasos fondos y que era hombre de no cortos alcances, se volvió á unir con Romea contra el enemigo comun; y conservando independientes sus dos compañías de verso, fueron coempresarios para dos nuevas de baile y de ópera, que alternaron en sus dos teatros. La Lema (que casó despues con Ventura de la Vega), La Tossi (mujer luego de Lorenzo Milans) y la Villó ganaron allí con justicia la reputacion de primeras cantantes; y Salas en Chiara di Rossemberg se hizo el primer caricato español; sosteniendo el baile la pareja Bartholomin, con su padre de director, Aranda de pintor, otra pareja italiana y un par de docenas de coristas aragonesas y valencianas, que se las tuvieron ten con ten á la Petit y á la Guy-Sthefan y á las andaluzas del circo.

II.

Del 43 al 44, Lombía solo, sin Romea, pero con Matilde, Guzman, Latorre, Sobrado, Pizarroso, Azcona, las Lamadrid y la Sampelayo, sostuvo la competencia contra las compañías del Circo con la mejor de verso que tal vez se ha reunido, y una de ópera de primo cartello (hasta el 45) con Moriani, Guasco y otros célebres cantantes. En estos dos años se pusieron en escena en la Cruz La lámpara maravillosa, fantástica y maravillosamente decorada por Aranda, El triunfo de la Cruz y La Encantadora, y en el Príncipe La Sílfide y Hernan-Cortés, varios dramas de Hartzenbusch y García Gutierrez, el Don Alfonso el Casto y la Doña Mencía, el Alfonso Munio y El Príncipe de Viana, de Gertrudis Avellaneda, y muchas comedias de Breton, que dieron prez al arte escénico y dinero á la administracion. El Circo, al fin, amparado por Narvaez, Salamanca y otros personajes de valia, se llevó la atencion con la competencia de la Fuoco y la Guy, á quienes se presentaban gigantescos ramos de flores conducidos en brazos de servidores con librea, en azafates y jarrones de plata y porcelana de china, y hasta en un carro que apenas cabia por la calle del centro de las butacas.

Yo no sé lo que el arte ganó con aquel frenesí y aquellos delirios; pero el público se hartó de gritar por uno ú otro partido, y de divertirse con las excéntricas locuras de ambos; y se vieron en la escena de los tres teatros las más costosas decoraciones, los más lujosos trajes, las más cortas y transparentes enaguas, y las bailarinas más correctamente empernadas y de más ricas formas de los cuatro reinos de Andalucía y de la antigua coronilla de Aragon.

Por fin perdimos nosotros los de la Cruz, que estuvimos á pique de ser crucificados. En Diciembre del 45 Lombía tuvo que prescindir de Cárlos Latorre, que se fué á Granada, y yo á mi casa á contentarme con saber que en Granada se aplaudia á Cárlos; sin el cual abrió Lombía el teatro del Instituto, con Caltañazor, las hermanas Flores, la Pámias, la Carrasco, la Concha Ruiz, Lumbreras, etc. En esta temporada, y ántes de abandonar la Cruz, se hicieron las zarzuelas El Sacristan de San Lorenzo, La Venganza de Alifonso y La pradera del Canal, parodias de la Lucia y la Lucrecia, escritas por Azcona, el más inteligente y entendido de nuestros actores de entónces, excepto Pedro Mate: cuadros de costumbres concienzudamente estudiados y con maravillosa exactitud copiados del natural.

En Junio del 46 fuí yo á Francia, de donde regresé en Enero el 47, por el fallecimiento de mi madre: á mi vuelta hallé instalada en el Instituto la compañía andaluza de Calvo y Dardalla, donde estos dos actores representaban de una manera tan incomparable como encantadora Los celos del tio Macaco y La flor de la canela. Pepe Calvo, padre de Rafael, hacia un tio Macaco tan indescriptible y característico, un gitano tan picaresco y atruhanado, tan anguloso, descaderado y zancudo, que no le produjeron más espirrabao ni Triana en Sevilla, ni el Perchel en Málaga.