Cuando Vallejo llegó á Lerma, acababa yo de volver, concluido el curso de la Universidad de Valladolid. Dimos uno con otro, él bajando y yo subiendo la calle Mayor; llamé yo su atencion por mi traje y porte más cortesano del de la gente del país: encaróse conmigo, plantémele yo delante cediéndole la derecha, pero sin bajar mis ojos á su investigadora mirada, y preguntóme:—¿Quién es V., caballerito, que no tiene trazas de ser de esta tierra?
Decliné yo mi nombre y el de mi padre, y esperé, sombrero en mano, á que tomara mi filiacion en unos instantes de silencio y bajo el poder de una escrutadora mirada, ante la cual no creí conveniente bajar la mia.
—Está bien—me dijo, concluido su exámen—tendré mucho gusto en conocer al padre de tal hijo. ¿Dónde le ha educado á V. su señor padre?
—En el Real Seminario de nobles de Madrid—respondí.
—¡Hola! ¿es V. discípulo de los jesuitas?
—Sí, señor; pero no les hago mucho honor, porque he sido siempre muy desaplicado.
—No habrá sido en la cátedra de la lengua castellana.
—Ni en la de otras.
—¿Conoce V. muchas lenguas extranjeras?
—Tengo rudimentos de tres y rompo en ellas la conversacion.